Y si no, ¿para qué todo?
HUGO CORES
Soy enemigo de la mermelada triunfalista. Tan contrario como del pensamiento balsámico, conformista. Siempre lo fui. Incluso cuando su exceso, en los años 70, anestesió a tantos dirigentes y de «triunfo» en «triunfo» terminamos como sabemos.
Así que mido las palabras cuando escribo que, según creo, la jornada de ayer fue una auténtica victoria popular.
Fue un movimiento nacido en la sociedad civil, con el apoyo de fuerzas sociales y políticas que no disponen del aparato estatal y cuentan con nulo apoyo en el campo mediático controlado por el oligopolio.
En ese sentido, el movimiento cívico por la derogación de los artículos 612 y 613 del Presupuesto, fue una acción popular contracorriente. Derrotó, entre otras cosas, la astuta campaña de «dar la callada por respuesta» asumida por los partidos en el gobierno.
Culminó un movimiento que dio un mentís a los «situacionistas» de todo tipo que, «objetivamente», pronosticaban que no se llegaría al número requerido.
La obtención generosa de las firmas tiene alguna analogía con lo ocurrido en la marcha del 24 de enero: en ambos casos el protagonista es un convidado de piedra para el país oficial y para los devotos de la buena letra.
Ambos episodios, además, sirvieron para demostrar la existencia de una amplísima base de disconformidad social, consecuencia del modelo que tiene «la desigualdad como estrategia».
Las dos jornadas evidenciaron la existencia de muchas decenas de miles de ciudadanos que anhelan expresar, por canales ordenados y sensatos y con un norte político claro, el malestar existente. Gente que desea demostrar la existencia en el país de otras opiniones y otras propuestas representadas en la oposición progresista y en las fuerzas sindicales agrupadas en el PIT-CNT.
Y que creen que para ser opositor y de izquierda no hay que pedirle permiso a la derecha ni hablar en el idioma anodino y con los contenidos insulsos que la televisión autoriza.
Se ha dado un paso democráticamente fecundo. No sólo porque el hecho de dejar en manos de la ciudadanía el destino de una gran empresa pública es democrático.
También porque le «hará bien al país» (como se dice en la deplorable jerga del mentidero político) discutir sobre Antel y sobre Ancap y sobre el conjunto de la política económica del gobierno, porque en definitiva también eso estará en juego cuando se vote.
A menos que el gobierno decida dar marcha atrás y deje sin efecto los artículos impugnados, va a ser muy difícil impedir que la consulta popular convocada por Antel no se transforme en un verdadero plebiscito popular sobre toda la política del gobierno.
Incluyendo su política referida a la cuestión bancaria, por supuesto. Y a los salarios. Y a los recortes de los gastos en obra pública que traen más desocupación y todo lo demás.
Aprovecho para dejar constancia que, llegado el caso, sobre esas otras lecturas de la consulta votaré convencido contra el gobierno.
Y también que no creo, de ninguna manera, que en caso de ser gobierno, en nada, la izquierda uruguaya vaya a actuar de la misma manera que lo están haciendo los representantes políticos del Uruguay conservador y los entusiastas ejecutores del modelo neoliberal. En nada.
Porque si eso fuera así, si estamos pensando que en algún terreno seremos iguales que ellos, entonces ¿para qué todo?
En otro punto de la agenda: no resulta fácil entender la información brindada sobre declaraciones del presidente Batlle en los Estados Unidos.
Según un cable de la agencia EFE «El presidente de Uruguay, Jorge Batlle, afirmó hoy que ninguna ley en su país obliga a que el gobierno investigue los crímenes y abusos cometidos por las fuerzas de seguridad durante la dictadura militar en ese país (…) En Uruguay no ha habido niños secuestrados», dijo Batlle cuando salía de la Casa Blanca después de un encuentro de unos 40 minutos con el presidente George W. Bush.
Sería bueno que algún operador político del gobierno, desde la casa presidencial o desde la Comisión para la Paz, aclarara los términos de estas desconcertantes versiones.
Lo otro, si no se tratara de versiones equivocadas de la agencia de noticias, lo otro, digo, sería una burla demasiado amarga sobre temas demasiado dolorosos. Y entonces cabría, también, preguntarse, ¿para qué todo? *
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