La soberbia del presidente Bush provoca resquemores en sus aliados europeos

En el curso de los últimos días han proliferado en distintos ámbitos de la Unión Europea las expresiones de desconfianza o franca desaprobación sobre los criterios con que el gobierno norteamericano se propone continuar la lucha contra el terrorismo.

Un editorial sin firma publicado por el matutino madrileño El País, en cuyas columnas Julio María Sanguinetti expone sus extravagantes divagues sobre Harry Potter y el Señor de los Anillos, sostiene de manera tajante: «Hemos entrado de lleno en un período de hegemonía de EEUU imperial o imperialista, esta vez ya no en forma instintiva sino plenamente consciente (…)»

La enumeración por parte del presidente Bush de una lista de países denominados «el eje del mal» (Irán, Irak y Corea del Norte) y las insólitas e impresentables acusaciones contra Cuba muestran la gravedad y la vertiginosidad que ha asumido la iniciativa política y militar norteamericana.

Después de las declaraciones del ministro de Relaciones Exteriores de Francia criticando el «simplismo de la administración Bush», se han sucedido los pronunciamientos críticos.

Hasta representantes conspicuos de la derecha europea, como el jefe del gobierno español José María Aznar, han expresado públicamente que «no se trata de estar de acuerdo con todo lo que digan los estadounidenses».

Una nota de Hermann Tertsch publicada en estos días da cuenta de una importante reunión realizada en febrero en Estambul. Participaron en ella representantes oficiales de los países de la Unión Europea y de los que aspiran a ingresar, y los miembros de la Conferencia de la Civilización Islámica. Como comenta Tertsch, se trató de un foro sin precedentes. «La inmensa mayoría de los participantes, 70 delegaciones nacionales y más de 60 ministros de Asuntos Exteriores (…) mostraban sin rubor su miedo a la dinámica adoptada por la administración del presidente Bush en la crisis (a partir del 11 de setiembre) y su nada disimulado pánico ante la cada vez más evidente decisión de Washington de iniciar el derrocamiento de Saddam Hussein por vía militar».

En el mismo sentido apuntan las declaraciones del canciller alemán J. Fischer, que sorprendió por la dureza de sus comentarios: «Washington debería saber distinguir entre países aliados y países satélites».

El analista, que dista mucho de ser un hombre de izquierda, habla del «abismo que se abre entre los aliados culturales que han formado la realidad de este siglo y (se teme) la cooperación transatlántica entre los Estados Unidos y Europa se tambalea».

La visión europea que hemos examinado y la justificada alarma de muchas corrientes islámicas que se sienten amenazadas por la agresividad del gobierno norteamericano muestran apenas una cara de la situación creada a partir del 11 de setiembre.

Un capítulo de excepcional importancia tiene que ver con el incremento y la naturaleza de la presencia y la presión norteamericana en nuestra América Latina.

Las presiones inocultables realizadas sobre la Cancillería argentina, acompañadas por la sumisión impresentable del señor Ruckauf, mostraron la hilacha de una de las direcciones asumidas por la diplomacia norteamericana en la hora actual.

Otra línea, también cargada de asechanzas y peligros, tiene que ver con el Plan Colombia y la creciente penetración de militares, expertos y equipos militares norteamericanos en la sangrienta guerra civil que se libra en ese país.

Además de Cuba, varios gobiernos de la región, como el de Chávez y el de Fernando Henrique Cardoso, han expresado su profunda preocupación por la extensión de las acciones militares en Colombia dado los enormes riesgos que entraña para todo ese hinterland suramericano. *

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