La responsabilidad del Partido Nacional en la coyuntura actual
Más de una vez nos hemos ocupado de analizar la difícil posición que le toca ocupar al Partido Nacional en el contexto político vigente desde hace un poco más de dos años.
Relegado a un tercer lugar en las preferencias del electorado, se vio en una disyuntiva de hierro al momento de asumir un compromiso en el balotaje, pues cualquiera de las opciones significaba el desdibujamiento de su imagen y de su perfil político-ideológico; salvo tal vez la de no tomar partido por ninguno de los dos candidatos que disputaban la presidencia y sugerir a sus votantes la abstención o el voto en blanco, o en todo caso, dejarlos en libertad de acción.
Su participación en la coalición encabezada por el doctor Jorge Batlle no ha hecho sino profundizar su mimetización con el Coloradismo, su adversario histórico. Más allá de las razones aducidas para el apoyo al candidato colorado –gobernabilidad y afinidad ideológica– o del apetito por cargos y parcelas del aparato estatal, el hecho es que a los ojos de la ciudadanía los blancos aparecen como un furgón de cola del partido gobernante, o por lo menos como el socio minoritario de la coalición.
A medida que la crisis que vivía el país fue agudizándose y el gobierno se mostraba incapaz de hallar soluciones a los reclamos cada vez más frecuentes de toda la sociedad, el compromiso que mantiene atado al Nacionalismo con la gestión de gobierno y que lo identifica con ella va tornándose un lastre para el propósito de revertir el último resultado electoral.
A partir de la crisis argentina –y de sus repercusiones en nuestro país, que motivaron el paquete bensioniano– desde estas páginas, hemos efectuado llamados de alerta sobre la responsabilidad que cabe al partido de Oribe en la coyuntura actual. El Partido Nacional cuenta con una representación parlamentaria que, sin bien menguada respecto de la que ostentaba en el período anterior, es significativa y le permite poner ciertas condiciones al gobierno antes de acompañar todas sus iniciativas. Sin embargo, con la excepción del sector del senador Larrañaga, la vieja colectividad parece haber perdido su proverbial espíritu rebelde suscribiendo, sumisa, cada una de las medidas propuestas por el Ejecutivo.
Y hoy, es nuevamente el líder de Alianza Nacional quien marca una posición discordante de la mayoría blanca. La contrapropuesta que Larrañaga se propone negociar con el quincismo, aun sin tener un contenido revolucionario puede sin embargo significar un primer paso hacia lo que venimos sugiriendo: que el Nacionalismo tenga incidencia real en el gobierno y que recobre el protagonismo político que ha perdido.
No es nuestra intención analizar en profundidad las medidas adelantadas por el senador Larrañaga. No es ese el propósito de esta nota; pero sí conviene resaltar que se trata de un intento honesto de buscar alternativas posibles al funesto paquete fiscal que ofrece el equipo económico. Concretamente, la sugerencia de elevar el umbral de incremento del IRP (a partir de 20 salarios mínimos) y de hacerlo extensivo a los privados tiene cierta semejanza con el tan denostado Impuesto a la Renta, y en cierto sentido, la medida está inspirada en un espíritu similar.
Los blancos tienen, pues, la posibilidad de ejercer una razonable presión política. Con esto en modo alguno estamos sugiriendo dejar al gobierno en total aislamiento, ya que ello podría ambientar una crisis política indeseable. Pero frente a la insensibilidad del equipo económico y a la tozudez del doctor Batlle de no apartarse de una línea que nos conduce al fracaso, es hora de que el socio de la coalición haga valer su peso. *
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