Batlle, Végh y Bensión, un solo corazón

MARCELO JORGE FILOMENO

 

Como lo hace cíclicamente reapareció, en medio de la crisis, el ex ministro de Economía ingeniero Alejandro Végh Villegas, asesor de Batlle desde siempre, hombre representativo de los poderes financieros internacionales y elementos de confianza de los norteamericanos. Sobre lo último cabe recordar su intervención, durante la presidencia de James Carter, quien mostraba preocupación por la situación de los derechos humanos en América Latina, intentando liderar una salida de la dictadura militar –de la que fue colaborador civil de nivel internacional– realizando contactos a esos efectos en el exterior con Wilson Ferreira y reuniones con Zelmar en Buenos Aires, de lo cual ha quedado testimonio en las cartas que el último le dirigiera a don Carlos Quijano antes de su asesinato. De modo que el ingeniero Végh siempre ha sido mucho más que un influyente tecnócrata rotulado como «neoliberal». Es, sin duda, un importante hombre político. Misionero del capitalismo, al cual puede servir desde un régimen democrático como desde uno autoritario, siempre reaparece, con sus «consejos» a los gobernantes tradicionales, en momentos difíciles como el actual.

En esta oportunidad les ha recomendado a Batlle y a Bensión –para solucionar los problemas fiscales– ir a la libre flotación del dólar y eliminar los reintegros a las exportaciones. Ello básicamente, más algunas otras consideraciones referidas a la política comercial internacional del país y a las diversas opciones de relacionamiento, incluido su conocido rechazo al Mercosur. Sobre aquellas dos recomendaciones queremos opinar. Desde el sentido común y como ciudadano preocupado por el futuro de todos.

Respecto a la libre flotación del dólar –la clásica fórmula del cambio único, libre y fluctuante– no cabe duda que, en la situación actual, en una plaza financiera debilitada como la nuestra, con Argentina y Brasil embarcados en sendos procesos devaluatorios, con todo el drama del primero, dicha medida nos conducirá a una devaluación permanente, en virtud de que no podremos mantener nuestra moneda estabilizada, ante los embates de la especulación, o los efectos de la inflación, que tendrá una enorme aceleración. El mismo lo confiesa y se ataja con un tecnicismo, al decir que el problema de la flotación del peso en el mercado de cambios «no es una cuestión de la oferta cuantitativa del del dinero, sino de la velocidad de circulación del dinero, que podría generar hiperinflación como en períodos anteriores», agregando que «hay economistas argentinos que pronostican que la demanda de dólares y el rechazo de una nueva moneda terminarían en la dolarización de la economía, propuesta que hoy se rechaza». LA REPUBLICA, 5 de febrero, página 10. Al respecto, cabe recordar que el ingeniero Végh fue integrante, en la década del 60, del equipo del por entonces ministro de Economía argentino, Adalberto Krieger Vassena, precursor de Domingo Cavallo y su convertibilidad. Todos ellos partidarios de la desaparición de las respectivas monedas nacionales y su sustitución por el dólar, para hacernos tragar la ficción de la estabilidad económica. Objetivo que finalmente consiguió el último, con los terribles resultados a la vista para Argentina y el resto de la región.

Respecto a la eliminación de los reintegros a las exportaciones, aparece como una consecuencia de lo anterior. Al entrar en el camino de la devaluación permanente se harán teóricamente más competitivos nuestros productos, aún cuando pretendamos exportar con ellos toda la carga fiscal que los abruma. Como desconocemos la incidencia de los reintegros en el monto del déficit pensamos que esta es una medida complementaria, de carácter ideológico.

En definitiva, la trilogía Batlle, Végh y Bensión –consejero y aconsejados– parece que tienen como preocupación central en la coyuntura asegurar a los financistas internacionales, institucionales y/o privados, la dominación sobre nuestra economía, adicionando, al interés que nos cobran por los préstamos, la diferencia por la devaluación de nuestra moneda. Los grandes acreedores seguirán recibiendo moneda fuerte mientras el pueblo –perdón por el «populismo»– tendrá que juntar, no sólo firmas para que no compren a precio vil el patrimonio público– e incluso el privado, sino también más pesos para pagar las amortizaciones de las deudas. El desafío corporativista del 94, echando abajo la minirreforma –lo que no hará olvidar la gritería actual–, y la absurda y caprichosa tentación indisciplinaria del balotaje en el 99, permiten hoy, como hace 40 años, seguir latiendo y decidiendo sobre nuestros destinos a la trilogía del título. *

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