La confirmación de que el modelo ha fracasado
Contrastando con el optimismo que pretende insuflar el gobierno a la población, el ministro de Economía no pudo ocultar la alarma ni mantenerse aferrado al «tout va très bien». Con el rostro adusto y el gesto preocupado, reconoció finalmente ante la Comisión de Hacienda del Senado que el país está al borde del colapso.
El dramático anuncio no fue sorpresa para nadie puesto que a nadie escapa lo agudo de la crisis que estamos viviendo desde hace ya un buen tiempo. Lo que sí llama la atención es el reconocimiento oficial de que la realidad presente –y futura– es mucho más sombría de lo que oficialmente se admitía.
Es cierto que en su última aparición televisiva –poco antes de partir hacia EEUU– el doctor Batlle no transmitió la confianza y la convicción de otrora. Pero este reconocimiento explícito de que nos hallamos en una situación límite viene a agregar una nota de dramatismo al panorama nacional. Es, ni más ni menos, que admitir el fracaso de la política económica que con ahínco llevó adelante la coalición de gobierno.
El planteo del contador Bensión podría resumirse así: «no hay opción; o se aprueban las medidas propuestas –con lo cual tal vez el país se encamine–, o nos aguarda la desestabilización económica, social y política».
Y he aquí lo peligroso del discurso ministerial: tal alternativa se parece demasiado –por desgracia– a una amenaza. Una amenaza a todo el sistema político (y fundamentalmente a la oposición), sobre el cual se pretende hacer recaer toda la responsabilidad por el agravamiento de la crisis. Como si el deterioro del investment grade , el aumento del «riesgo país», el descalabro del aparato productivo, el aumento de las tasas, la miseria de la gente, la desocupación y una posible desestabilización política, fuera culpa de los políticos irresponsables y no de una conducción económica errática y desacertada. Una conducción de la economía que sólo apuntó a hacer buena letra con los organismos financieros internacionales y que es incapaz de asumir su responsabilidad por el fracaso de esa postura obediente y sumisa.
En este contexto, el Partido Nacional –socio menor de la coalición– aparece vacilante entre su lealtad al pacto con el batllismo y su necesidad de tomar distancia de una gestión de gobierno que lo sigue postergando como opción electoral. Resulta penoso ver cómo se afanan los dirigentes nacionalistas por reencontrarse con un perfil que parece definitivamente perdido.
Y por otro lado, es significativo el silencio del Foro sanguinettista, ninguna de cuyas figuras más notorias ha hecho oír su voz en la defensa de las medidas propuestas por el gobierno, que aparece virtualmente aislado.
Ahora más que nunca se torna imperioso establecer un diálogo nacional, única instancia de la que pueden surgir soluciones verdaderas a la crisis. *
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