Chávez en la mira del imperialismo

LEOPOLDO AMONDARAIN

 

A los gobernantes hay que tomarlos en el contexto del ambiente y realidad del país donde desarrollan su actividad. No es lo mismo gobernar Uruguay, nación tradicionalmente democrática, sin mayores problemas sociales, con presupuestos hasta por su pequeñez más limitados, sin grandes riquezas que despierten ambiciones desmesuradas de grandes potencias y por ende con menos presiones y compromisos groseros exteriores, que –por ejemplo– Venezuela, que por sus cuantiosos recursos (tercer productor de crudo del mundo entre otras menudencias) y hasta por la cercanía casi inmediata con el imperio ha sufrido y sufre presiones e influencias inexorables durante siglos bajo una monstruosa explotación foránea.

Hoy se desata una andanada de críticas a Chávez tachándole desde dictador hasta los peores cargos de corrupción. Despacito y por las piedras. Reciclemos un poco la realidad actual. Chávez intenta un golpe de Estado contra un gobierno que ya se desmoronaba por sus corruptelas, en el año 92, y logra el poder democráticamente diez años después, en un país que a pesar de sus referidas riquezas, tenía el 80% de su población por debajo del nivel de pobreza y miseria. Mientras un señor Andrés Pérez, ese sí corrupto con mayúscula, terminó preso por corrupción. Cuando Chávez se hace cargo del poder, Venezuela tenía una situación económica y social similar o peor que Argentina. El pueblo bajaba invadiendo las ciudades incluyendo Caracas, asaltando supermercados para poder comer. Mientras Argentina lamentablemente aún no ha podido emerger de esa situación, Chávez en Venezuela en cambio sofrenó el levantamiento pacificando la situación y, sobre todo, dándole de comer al pueblo en perjuicio claro está de los grandes capitales internacionales y vernáculos explotadores. Se animó a hacer lo que el «gran» Cavallo y demás economistas rioplatenses no se animan ni se animarán jamás: tocar los grandes bloques económicos extranjeros y nacionales imperialistas en beneficio del pueblo sangrante y hambriento. ¡Todo un dictador canalla «populista» antidemocrático! Claro, ese 80% del pueblo por debajo del nivel de pobreza, se volvió a favor suyo y le dio el triunfo, ese sí democrático, también por un 80% de la mayoría ciudadana. Todo un demagogo, según algunos comentaristas políticos nostálgicos de los buenos tiempos de Andrés Pérez. No obstante, el pueblo comió y subsistió. Es obvio que una situación límite como la venezolana no tiene fácil e inmediata solución y las mismas tienen sus razonables luces y sombras inevitables.

«No se puede hacer tortillas sin romper algunos huevos», decía bien Perón. Las ambiciones por el poder de algunos, los intereses poderosos atacados en su momento, obviamente no se quedan quietos, máxime el imperio que subliminalmente y sutilmente influyen. Chávez reflotó la OPEP apoyando y apoyado por los árabes que le dieron la presidencia. No es por casualidad su creación y la correlativa animosidad yanki ante el peligro de la formación de un bloque independiente con claros fines nacionalistas de protección a sus riquezas petroleras. Todas las intervenciones de los Bush tomadas y a tomarse, algunas con fechas fijadas futuras, siguen la ruta del petróleo. No es casualidad ni terrorismo. Es sólo el dominio exclusivo del oro negro. Afganistán, de nuevo Irak (intervención anunciada para mayo) seguirán con Colombia que también lo tiene y está «pegadito» a Venezuela, etcétera. ¿Qué otra le queda a Chávez como solución que jugársela a la vigencia de un sitiado Arafat, y de la OLP, como recurso inmediato y armando un bloque con Cuba y los libertarios colombianos? Solo, muere.

Acompañado, puede hacer «ruido» por lo menos. La otra opción, la que le gusta al periodismo cipayo, es «bajarse los lienzos» con el imperio entregando sus riquezas: traicionando a su pueblo y sus amigos. O sea, otro Andrés Pérez. Un antinacional. Si eso pasara, ese día sí, escribiré contra Chávez. Por ahora, ¡Viva Chávez! *

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