LA RENUNCIA DEL INGENIERO JUAN CARLOS DOYENART

Cuando están en juego valores esenciales para la democracia

Si algo vino a confirmar la renuncia del polémico director del canal oficial es la existencia de fuertes y subterráneas presiones sobre el campo de las decisiones en materia de televisión oficial.

El asunto tiene una enorme importancia y pese a ello no ha tenido todavía las repercusiones esperables en los medios profesionales, políticos y parlamentarios.

Cuesta abrirse paso para las transformaciones en el canal del Estado. Parecería que apenas una gestión, como la que acaba de terminar abruptamente, da muestras de espíritu de iniciativa e independencia de criterio para que se desaten las fuerzas paralizantes de statu quo conservador, la presión insoportable de los intereses del oligopolio privado que se beneficia con el actual y desastroso estado de la televisión nacional.

El tema justificaría un amplio debate democrático. Los obstáculos para promoverlo son obvios: los primeros interesados en no hacer olas con el asunto son justamente los «fabricantes» de estados de opinión.

El tema tiene unas lógicas internas diabólicas. Muchas veces los propios dirigentes políticos  que en privado se lamentan de la mala calidad y los abusos de los canales privados–se cuidan bien de criticarlos públicamente para no ser objeto de sanciones que los «borran del mapa» de las ofertas electorales.

En una sociedad en que la movilización política, por distintas razones, tiende a disminuir año tras año, en que la vida de los partidos se debilita gradualmente y constantemente, la posibilidad de existencia en la realidad política del país está dada por la presencia o no en las pantallas de la todopoderosa televisión nacional.

Omitimos en este comentario cualquier referencia a todo lo que tiene que ver con cuestiones referidas a la calidad artística, cultural o ética del material que se difunde.

Nos limitamos sólo a mentar lo que significa la debilidad de un canal oficial, sus enormes dificultades para mejorar su desempeño, frente a un oligopolio que ha demostrado largamente su carácter mercantil y su incapacidad para conjugar la información plural, la apertura a nuevas ideas y equidad en la cobertura de todas las opciones en juego.

No hay que remontarse a la época de María Castañas para tener un cuadro claro acerca de cuál ha sido el estilo de tratamiento de los debates políticos por parte de los canales de televisión privada.

Ya en la primera vuelta del balotaje, que culminó con el triunfo de Vázquez, la diferencia del tiempo otorgado a sus adversarios oficialistas –Batlle y Lacalle–era evidente. Las mediciones realizadas por Equipos Mori mostraban que Batlle (con 175 apariciones, entre el 13 de setiembre y el 28 de octubre) había aparecido un 30% más veces que Vázquez, con 120 apariciones en el mismo período; a esto había que sumar las 152 apariciones de Lacalle.

En la segunda y decisiva consulta electoral, la desigualdad del tiempo asignado a cada candidato se hizo escandalosa. Tanto en el Canal Oficial como en los tres privados.

En su momento, LA REPUBLICA denunció paso a paso, semana tras semana, las etapas de esta «toma de partido» de todos los medios de la televisión uruguaya a favor del candidato del continuismo.

Entre el 5 y el 14 de noviembre, Batlle apareció 2.692 segundos. Vázquez, 1.332 segundos según las estimaciones no desmentidas por nadie de Equipos Mori.

En los últimos días, las menciones «informativas» de los defensores de la candidatura de Batlle y del candidato mismo llegaron a cuadruplicar a las menciones a favor de Tabaré Vázquez.

En materia de entrevistas, al final de la campaña, Batlle fue requerido por 8 programas frente a 1 en que el entrevistado fue el candidato de la oposición progresista.

¿Llegaremos a la próxima campaña electoral con este mismo cuadro?

¿Seguirán los capitanes de la pantalla imponiendo sus preferencias por encima del derecho de los ciudadanos a conocer todas las ofertas electorales?

El tema, como se ve, da para muchas reflexiones impostergables. *

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