El deterioro de la imagen del gobierno
Después de la última aparición televisiva del presidente, es abrumadora la cantidad de mensajes que circulan por Internet –y que han llegado a la redacción– señalando unánimemente la incoherencia del gobierno. Es que pocas veces ha quedado tan en evidencia la contradicción flagrante entre el discurso del doctor Batlle durante la campaña previa al balotaje y la realidad de su gobierno; entre las promesas electorales y las medidas que ha adoptado.
En nuestro editorial del sábado 9 recordábamos las andanadas de improperios lanzadas desde tiendas coligadas ante la propuesta del impuesto a la renta de las personas físicas que las fuerzas progresistas ofrecían en su programa de gobierno. Al oír las voces socarronas o destempladas que blancos y colorados levantaban contra el tributo, se tenía la impresión de estar ante los más feroces enemigos de todo tipo de imposición, como corresponde a la ortodoxia neoliberal que las dos comunidades políticas han abrazado. Lo que ambos partidos prometían a la población era nada menos que congelar o bajar los impuestos puesto que se estaba ya en el techo tributario y los contribuyentes no podrían soportar más carga impositiva.
Durante aquella campaña, si bien el batllismo ya había cambiado el eslogan que definía a su líder como aquel que «canta la justa», Jorge Batlle cuidó mucho su imagen jovial, franca y bonachona que a muchos supo cautivar. Muchos vieron en él la dosis necesaria de audacia, de ingenio y de firmeza para salir del pantano sin los riesgos de un cambio político que podría resultar inquietante. Jorge Batlle, con su sonrisa, su carpeta, sus ancestros duchos en el arte de gobernar, fue la última carta de la derecha para conjurar la crisis. Y según la percepción popular generalizada, entre sus dotes figuraba la de ser especialmente claro en sus exposiciones.
Pues bien, a medida que transcurre el tiempo, esa imagen va desdibujándose paulatinamente y el doctor Batlle ha dejado de ser convincente.
Su comparecencia ante cámaras de televisión en oportunidad de anunciar el último paquete en conferencia de prensa marca sin duda un hiato. Fue una ruptura con su estilo anterior en el que primaba la bonhomía para dar paso a una imagen bastante diferente que dejaba traslucir tensión. Ya no se trataba del locuaz expositor seguro de sí sino de un hombre apesadumbrado tratando vanamente de transmitir confianza y seguridad.
Aquella proverbial claridad para explicar las cuestiones económicas, para arrojar luz sobre los intrincados vericuetos de la economía, pareció haber abandonado al presidente. Sus explicaciones sobre la aplicación del IVA a las frutas y verduras, así como la incidencia del mismo impuesto a las llamadas internacionales, no explicaron nada ni convencieron a nadie. Resultó penoso ver al presidente enredarse en un galimatías ininteligible con el que trataba vanamente de tranquilizar a la opinión pública intentando convencerla de que esos impuestos redundarían en beneficio de la producción nacional, en un caso, y en el abaratamiento de las llamadas internacionales, en el otro.
Se trató casi de un atentado contra el sentido común; y eso es lo que percibe la opinión pública, que no se traga esa súbita preocupación por el productor nacional de parte de un gobierno que no ha hecho sino seguir el camino de desmantelamiento del aparato productivo; y que tampoco tiene por qué creer que un nuevo impuesto a las llamadas internacionales pueda operar una rebaja en el precio de las mismas.
El doctor Batlle, de cuya inteligencia no puede dudarse, debe captar esa percepción de la gente, y –con humildad– reconocer sus yerros. Todos estamos esperando un gesto en ese sentido, y la convocatoria a un gran debate nacional sería una señal positiva que devolvería credibilidad al gobierno y al sistema político en general. *
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