La obediencia debida
Escribe
na profesora norteamericana que mantiene un juicio en Londres con un historiador al que acusa de negar la existencia de los hornos crematorios para el exterminio de judíos en la Alemania nazi ha obtenido que el gobierno de Israel haga públicas las memorias de Adolf Eichmann, reputado como principal responsable del exterminio de los judíos durante la segunda guerra mundial.
Eichmann se había refugiado clandestinamente en Argentina. Allí fue secuestrado por los servicios secretos israelíes en 1960, trasladado a Tel Aviv, juzgado y condenado a muerte en 1962.
Durante su estancia en la cárcel escribió sus memorias con la esperanza de publicarlas. Su agente literario sería su abogado defensor, el doctor Servatius. La ejecución y el secuestro de los seiscientos folios escritos, por el gobierno israelí, dieron por tierra con aquellas intenciones.
La crónica a la que tuve acceso (no al texto completo de las memorias) da cuenta de un individuo pulcro, meticuloso, obsesionado con el cumplimiento de su deber, partiendo de una niñez y juventud sociables. Hijo de un funcionario de los ferrocarriles austríacos, accedió a un cargo en la Gestapo en Viena. Nunca tuvo razón para odiar a judíos, gitanos, homosexuales o polacos. No era un ideólogo. «Apenas leía en mi juventud», reconoce. Tenía una leve formación ideológica que le permitió escalar en su carrera administrativa dentro de la Gestapo.
Según cuenta en su diario, cuando se le encomendó «solucionar la cuestión judía en Alemania», propuso el «Plan Madagascar», consistente en enviar allí a todos los judíos alemanes una vez ocupado París, ya que se trataba de una colonia francesa. Era esta, para Eichmann, una operación humanitaria por excelencia. Pero, lamentablemente, sus jefes –Ribbentrop, Himmler y el propio Hitler– se inclinaron por soluciones más económicas, sustituyendo la línea marítima hasta más allá del sur de Africa por los trenes de ganado hacia el sur de Polonia.
Y es allí donde surge con todo esplendor su justificación, que se extiende a lo largo de las seiscientas páginas: «Yo no quería, pero las circunstancias y mis jefes me lo ordenaron y yo soy lo que soy, un funcionario obediente. Hubiera preferido otro destino cuyas consecuencias no me hubieran traído a juicio aquí. Pero la obediencia es sagrada». Desde ese momento las expresiones «según me fue ordenado…», «de acuerdo con lo que me había sido encomendado…», «en conformidad con lo decidido por la superioridad…», llenan páginas y más páginas.
Las memorias hablan también, según la crónica, de lo puntilloso que fue en el cumplimiento de las órdenes. No hubo un tren que llegara fuera de hora, no se gastó más de lo debido en combustible. La fábrica de la muerte funcionó como un reloj.
No surge ningún atisbo de arrepentimiento, autocrítica, o replanteo de las acciones que protagonizó, aunque fueran tardíos. Se trataba solamente de un jefe administrativo eficiente que cumplía las órdenes recibidas de manera estricta, sin permitirse ningún tipo de análisis moral, ético, o de simple horror humano, de las mismas.
Y estas reflexiones vienen muy a cuento en momentos que en nuestra América se está replanteando la situación de los violadores de los derechos humanos en las recientes dictaduras y –en casi todos los casos– aparece la misma excusa: la obediencia debida. Aunque la geografía, los protagonistas, los motivos y hasta los métodos hayan sido distintos, siempre se cae en las mismas explicaciones que pretenden ser exculpatorias.
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