Un reencuentro de enorme significación

Nueva situación en la búsqueda de la verdad

a información acerca de la aparición de su nieta en Uruguay brindada por el escritor Juan Gelman y luego confirmada por el Presidente de la República en la tarde de ayer tiene una significación moral y emotiva de la que es difícil sustraerse.

Al patrocinio de esos sentimientos en los que se conjuntan la alegría, la reafirmación y las incertidumbres sobre el desenlace de esta situación y de otras similares, escribimos esto.

El reencuentro de la nieta de Juan Gelman es una gran victoria de la tenacidad.

Es la victoria de alguien que inició sus peticiones desde una posición de debilidad frente a quien, desde el poder, desde la cima de todo el poder militar, político y mediático, lo maltrató y lo denostó públicamente.

¿Dónde quedan ahora las sórdidas acusaciones a Gelman de actuar movido por intereses electorales?

¿Dónde quedan ahora las obscenas imputaciones a Gelman sobre su antigua militancia en la izquierda argentina?

¿Qué pretendía ocultar esta «caza de brujas» a destiempo, este macartismo trasnochado del doctor Sanguinetti?

¿Cuánto se creía que iba a durar la fantochada de acusar a Gelman para ocultar que la joven que buscaba estaba aquí, en Uruguay?

La actitud del presidente Batlle está a la altura de las expectativas que con sus palabras ha despertado y eso es positivo para el Uruguay todo.

El reencuentro de la joven es la victoria de Juan Gelman y todos los que creyeron en sus verdades, en las verdades de los que le dieron su testimonio, las verdades confinadas casi a ser subterráneas cuando el campo de la mentira parecía tener todo a su favor.

Aquí siempre creímos en Gelman.

Vale la pena calibrar lo que significa que, apenas unas semanas después que Sanguinetti reiterara su información negativa acompañada de acusaciones contra el escritor argentino, todas sus afirmaciones resulten falsas.

¿Qué credibilidad puede tener el señor Sanguinetti?

¿Qué credibilidad pueden tener él, y los que con él repitieron sus afirmaciones, en materias tan delicadas, de tanta hondura moral, afectiva, y de tan alta tensión humana?

¿Qué credibilidad pueden tener los responsables, situados en tal o cual dependencia del Estado, de las falsedades que dijo el señor Sanguinetti?

Reconocer que la persona buscada está en Uruguay implica declarar, de una sola vez y para siempre, que es mentira una amplia cosecha de «palabras oficiales» y que es verdad el testimonio de muchos uruguayos a los que hasta ahora se les había dado «la callada por respuesta»: el establecimiento clandestino de reclusión Automotores Orletti, la casa de la calle Bulevar Artigas, los sobrevivientes de Orletti que estuvieron en esa casa, el secuestro de bebés como práctica organizada, los nacimientos de hijos de presas políticas desaparecidas en el Hospital Militar.

Este reconocimiento de la singular peripecia de la joven crea en nuestro país una situación nueva con relación a los desaparecidos, y en particular a los niños desaparecidos.

Una parte de los artificios oficiales levantados para ocultar la realidad se ha desmoronado.

Y ahora se está, estamos todos, cara a cara con los hechos.

Y los hechos son no son otros que las denuncias sostenidas por los familiares, por las organizaciones de derechos humanos, por los sindicalistas y por la prensa, la escasa y enhiesta prensa, que se ha hecho eco, durante todos estos años, de esas denuncias.

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