AUNQUE LA DERECHA TIENDE A MINIMIZARLO

Enron: las llagas ocultas del capitalismo norteamericano

En una nota publicada en estos días en los Estados Unidos y la Argentina, el celebrado economista de la Universidad de Princeton Paul Krugman realiza un severo comentario acerca del significado de la quiebra de la empresa Enron.

Krugman traza un paralelo entre la importancia del escándalo provocado por las maniobras fraudulentas y las mentiras con que se confundió al público y a miles de accionistas de la empresa Enron, con el impacto provocado por los sucesos del 11 de setiembre.

Sostiene el economista que un acontecimiento cambia todo si cambia la forma en que lo percibimos. Y agrega que el 11 de setiembre «nos dijo mucho sobre el terrorismo, pero poco sobre el norteamericano».

Según cree, el escándalo de la Exon, en cambio, fue sin duda algo sobre nosotros mismos y pronostica que «en los próximos años, se llegará a considerar que Enron, y no el 11 de setiembre, fue el momento decisivo de la sociedad norteamericana.»

El analista critica luego una serie de declaraciones efectuadas por jerarcas de la actual administración norteamericana, que tienden a minimizar la importancia del escándalo Enron.

Pone el énfasis en que, a diferencia de otras quiebras que provocaron perjuicios importantes a los accionistas, como pueden ser las «puntocom», la mayoría «dirigidas por un grupo de jovencitos delirantes», la empresa que ahora se ha derrumbado gozaba de un amplio prestigio.

La diferencia con otros emprendimientos financieros, que terminaron arruinando a muchos pequeños inversores, está «en que la gente no se autoengañó sino que la engañaron».

Como se ve, el episodio del naufragio de la empresa tejana tiene gran actualidad incluso fuera de los Estados Unidos y muchas aristas.

El carácter salvaje del capitalismo, aun en una fase tan avanzada como la actual, ha sido negado sistemáticamente por el pensamiento neoliberal.

El factor de regulación, se dice, debe ser el mercado. La mano invisible del mercado, se expresa metafóricamente.

Para que este potente mito funcione en todo su esplendor, es necesario que el Estado se abstenga de intervenir.

La clave –en las formulaciones sistemáticas de la derecha– está en la ausencia de regulaciones externas a las empresas. Es justamente la ausencia de toda regulación y de todo control lo que hace el campo orégano a los inescrupulosos como los que hasta ahora estaban al frente de la empresa energética.

Las opiniones de Krugman han sido seguidas con interés en Argentina, donde la nación entera vive los resultados de las desregulaciones y privatizaciones que hicieron furor durante el decenio menemista.

La experiencia de los norteamericanos, instalados en la tierra de promisión del capitalismo contemporáneo, resulta emblemática.

Ya no se trata de jerarcas políticos de una república latinoamericana de instituciones inestables y efímero desarrollo económico. Sucede en la sede misma del gran poder industrial y financiero contemporáneo, y la base del mayor poder político y militar de la historia.

La ausencia de contralores es la clave de esta época, lo que Krugman llama «la era de la laxitud, en la que nadie hacía preguntas complicadas siempre y cuando todo pareciera estar bien». Y agrega, «esa era se terminó».

Es altamente deseable que así sea en los Estados Unidos. Y, sobre todo, es de esperar también que así sea en estas regiones, al sur del Río Bravo.

Los fenómenos que Paul Krugman denomina «laxitud» a menudo aparecen ligados a formas de corrupción política. Así ha sido en los Estados Unidos y en la Argentina, y así también ha sido entre nosotros.

Con demasiada frecuencia en torno a las situaciones de grandes empresas en tren de ser privatizadas surgen denuncias de coimas, tráfico de influencias y demás patologías que conllevan no sólo perjuicios económicos sino también un temible efecto deletéreo sobre los valores de la democracia. *

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