Hierro López hace 17 años ya hablaba del tema

Escribe Milton Romani Gerner

«Bueno… los desaparecidos… ¿están todos muertos? ¿no?…»

Volver a los 17

Fue lo primero que me espetó aquel joven e inquieto dirigente político cuando fuimos presentados. Era diciembre del 83, acababa de asumir Alfonsín y varios jóvenes colorados habían sido invitados a la ceremonia de asunción. Había llegado a Buenos Aires también Wilson cuyo nombre todavía era vituperado con saña desde las páginas de El País.

Nos invitaron a una recepción informal en la casa de una amiga norteamericana, activista de America’s Watch con la que habíamos militado intensamente en el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales). Salíamos de la noche negra, sobrevivientes, y nos sentíamos bichos raros en la nueva situación legal. Recuerdo que entraron eufóricos y contentos varios. Roberto Asiaín, Manuel Flores Silva y el autor de aquellas palabras inquisitorias que tenían todo un sentido político.

Patricia Pittman nos presentó como compatriotas que en esos años habían trabajado en DDHH en el tema de la coordinación represiva y los desaparecidos. Con esa presentación sentimos que el clima de jolgorio se había cortado y el que rompió el fuego fue Hierro López.

Nos quedamos un poco fríos porque la pregunta estaba fuera de lugar. Daniel Ximénez, que me acompañaba, le explicó pausadamente, calmo, que en todo caso esa presunción no podía ser aceptada por nosotros y que sería una aberración que siendo víctimas también termináramos aceptando algo que en realidad desconocíamos. Que el que debía contestar era el Estado y aquellos que se hicieran cargo de su administración.

Reconocimiento al juez Reyes

Han pasado 17 años de aquella breve conversación tan cargada, elocuente y premonitoria. No sólo queremos, necesitamos saber cómo fue y por qué. Dónde están. Cuándo y en qué circunstancias. Se ha dicho que no es necesario identificar culpables. Ocurre que ya están identificados. Ellos en la oscuridad, que a veces interrumpen a bombazo limpio, han sometido a la sociedad toda a un chantaje brutal. Ocurre también que alguno de ellos ha intentado hablar, porque es tan ominoso lo que se ha hecho que es difícil estar callados. Tarde o temprano hablarán más y más, porque no se puede tapar lo que viene de lo siniestro y puja por salir. Ya vemos que todo lo que tapó Sanguinetti, lo que ocultó, todo ese edificio que el doctor Semino cuando salió a talar y perseguir al juez Reyes decía:

«porque nadie puede convencerme a mí ni a ninguna persona con sentido común de que esto es una simple averiguación para saber qué pasó con los cadáveres. Esto es sacar un ladrillo para que de repente se venga abajo una torre (…) La circunstancia absolutamente consecuencial, tangencial y secundaria de lo que pasó con esos cuerpos cuando el delito principal ha sido amnistiado, es lo que no puede aceptarse de la sentencia del juez Reyes (…)

Agregaba provocativo e impertinente:

«Cuando votamos la Ley de Caducidad se dijo: ‘Nunca más, esto es el telón final’. Sin embargo, hay personas que no se conforman, que no lo admiten, que no quieren aceptar que el país decidió perdonar».

Todo eso cambió de golpe y el nuevo Presidente (que sabe lo que es perder un brazo) avala hoy a la distancia que el juez Reyes no estaba equivocado. Todos esperamos que el vicepresidente, que no sabe cómo acomodar el cuerpo, no siga insistiendo con la misma tesitura absurda con que insiste hace 17 años.

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