¿Es posible la convivencia civilizada?
ecíamos en un editorial, hace algún tiempo, que la nueva modalidad impuesta por el doctor Batlle en la forma de hacer política y de relacionarse con la oposición planteaba a ésta un singular desafío. Nos preguntábamos entonces cómo respondería la izquierda ante un ajedrez absolutamente novedoso, inédito, que la obligaría a rever su estrategia para jugar la partida sin perder posiciones.
Los hechos que siguieron produciéndose no han hecho más que reafirmar la tendencia anotada. La disposición del Presidente para llegar a una solución definitiva al tema de los desaparecidos; la reforma de la ley penal encomendada a la izquierda; la participación dada a ésta en la Ley de Urgencia, son actitudes perfectamente enmarcadas en el dialoguismo y el entendimiento con la oposición.
Paralelamente a estas señales inequívocas, el ministro de Economía expuso su plan que revela la impronta neoliberal a la que adhiere sin tapujos el nuevo gobierno, al tiempo que el Presidente se mantiene firme en su postura de no dar ingreso a la izquierda en los directorios de los entes.
Así las cosas, parece claro que el mensaje de Jorge Batlle debe interpretarse como la voluntad de mantener un buen relacionamiento con la oposición una relación civilizada, de tolerancia y de respeto recíproco a la vez que exhibe su intención de no apearse de sus convicciones en materia económica.
Hasta ahora, la oposición de izquierda ha respondido a cada jugada del gobierno con ponderación pero con firmeza. «Batlle abre el camino del diálogo y lo vamos a transitar», sostuvo el líder del EP, para agregar a renglón seguido: «esta fuerza política no renuncia a sus valores ni a sus principios y hará una oposición tenaz a cualquier política neoliberal que se quiera llevar adelante en este país».
Planteada en estos términos, la situación parece configurar una suerte de coexistencia pacífica o de convivencia civilizada que no puede ser sino bienvenida. No está mal que se elija el camino del diálogo y del entendimiento a la vez que no se pierden de vista las profundas e irreconciliables diferencias en el terreno económico.
Si el Uruguay logra transitar por ese camino, estaríamos ante un hecho inédito. Creemos que no es imposible mantener el diálogo y hasta concordar en algunos temas políticos aunque se tengan divergencias económicas. Pero es lícito preguntarse hasta cuándo podrá durar esta relación casi idílica entre un gobierno netamente conservador y una oposición que se llama a sí misma progresista. En otras palabras, cabe preguntarse si es posible esta reconciliación entre dos sectores con intereses opuestos y con dos visiones y proyectos de país radicalmente diferentes.
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