Emilio Frugoni: el paciente constructor de la redención popular

Escribe H. Gerardo Giudice

uando en el Uruguay se operaba el proceso definitivo de la construcción del Estado-Nación y se ingresaba a la modernidad con un perfil propio, en el seno de una familia de inmigrantes italianos nacía Emilio Frugoni el 30 de marzo de 1880. Hijo de Don Domingo Frugoni y Josefina Quierolo, heredaría de sus padres y del entorno familiar, huellas éticas muy profundas de las que no se despegaría por el resto de su vida.

Desde muy joven, Emilio participó junto a su padre en las reuniones nocturnas que se realizaban en los «registros» y almacenes al por mayor, instalados por aquel entonces en ambas aceras de la calle 18 de Julio, en el trayecto que unía a la Plaza Cagancha con la Plaza Independencia. En esas tertulias se congregaban gentes vinculadas a las altas esferas políticas junto a escritores de relevancia, que prolongaban las noches hasta las madrugadas una vez que los comercios habían cerrado su atención al público.

Las relaciones amistosas de su padre, pusieron al joven Emilio frente a una especie de mirador de la vida del Montevideo del 900 con ventanas hacia el mundo político y poético del país. Privilegio que marcaría fuertemente al futuro creador del socialismo.

Sus inquietudes le llevaron a tener un breve pasaje por el anarquismo con el que tuvo un enamoramiento más bien poético y escribió una «Oda al anarquismo» que fue la que lo hizo considerar como uno de ellos. Apartado prontamente de la influencia ácrata, se acercó como simpatizante a un sector literario del Partido Colorado, concretamente el que aglutinaba a los fundadores del «Club Libertad». Fue importante en ese acercamiento la amistad que lo unía a Guzmán Papini y Zás, por el cual habría de conocer nada menos que a José Enrique Rodó. Cuando Frugoni publica «Bajo tu ventana», su primer libro de poemas, recibe elogios y aliento por parte de Rodó. La amistad con el insigne escritor se iría acentuando y el intercambio de opiniones se hacía cada vez más con mayor fluidez.

En ocasión de la publicación de su segundo libro, «De lo más hondo», en 1902, Frugoni le preguntó a Rodó su impresión, antes que la obra fuera editada. En actitud de discípulo a maestro le proporcionó los originales para que los juzgara y le sugiriera correcciones o supresiones necesarias.

Cuando Rodó devolvió lo escrito, Frugoni advirtió que le había agregado su juicio para que sirviera de prólogo en la publicación. Recibía el joven Emilio en sus primordios poéticos, el espaldarazo inimaginado que le permitía catapultarse como uno de los mejores escritores de aquel exigente ámbito intelectual.

Pero Frugoni sentía el imperativo moral de comprometer su vida con los más necesitados de una manera activa que no se redujera a la expresión del sentimiento por medio del arte. Se lanzó decididamente a la arena política. Luego de un efímero pasaje por la Revolución de 1904, tomaría la irretornable decisión de transitar por nuevos caminos que fueran capaces de satisfacer sus ansias de justicia social. Atrás y para siempre quedaban enterrados el anarquismo y tanto más cualquier vinculación con las divisas tradicionales, justo las que habrían de encontrarlo como a su más férreo opositor. Lo esperaba el Socialismo. Al que habría de dedicarle lo mejor de su vida. Entre 1904 y 1905 da los pasos para ir estructurando una base organizacional que permitiera el comienzo de la nueva acción. Con la refundación del antiguo Centro Obrero Socialista y su fusión con el Centro Carlos Marx del que Frugoni era su secretario, se fundaba en 1905 el Partido Socialista, que se perfeccionaría con mayor organicidad a partir de 1910 en ocasión de participar en la lucha electoral y obtener de esta manera la izquierda nacional, su primer diputado en la legislatura de 1911 a 1914. A partir de allí, su actuación política y académica alcanzó niveles descollantes.

Cinco veces diputado, constituyente, catedrático de Legislación del Trabajo en la Facultad de Derecho, decano de esa casa de estudios, ministro plenipotenciario ante la URSS representando al Uruguay, llenó páginas de realizaciones que son motivo de orgullo para la izquierda nacional.

Introductor de Marx en el Uruguay, lo adaptó como herramienta de análisis y transformación de la sociedad uruguaya. Profundamente preocupado por la realidad de miseria de América Latina, la estudió y escribió un trabajo, «La sensibilidad americana», libro que tenía junto a sí el gran pensador socialista peruano, José Carlos Mariátegui en el momento de su muerte.

Poseyó una formación doctrinaria monolítica. Escribió «Génesis, esencia y fundamentos del socialismo», obra no superada al día de hoy del punto de vista ideológico. Partidario y crítico a la vez de la Revolución Soviética, vaticinó las falencias que podrían llevarla a su destrucción de manera premonitoria. Enérgico y duro con sus adversarios, supo ganarse el respeto de éstos cuando él solo constituía de hecho la oposición. No claudicó en sus ideas. Fue íntegramente socialista y renunció a toda tentación que pudiera apartarlo del camino correcto. Celoso guardián de los dineros públicos se constituyó en verdadero fiscal en el control acertado de los bienes del Estado. Y en ese campo no midió consecuencias. Su enemistad personal con José Batlle y Ordóñez emergió como consecuencia de una severa crítica que Frugoni le realizara al presidente de la República respecto al manejo de esos dineros.

Su intransigencia socialista la registró, entre tantas oportunidades, en ocasión de un debate parlamentario en el que se involucra al francés Arístides Briand, que después de haber sido socialista se ha pasado al gobierno burgués para ser ministro. En opinión de Frugoni, el reproche que se le hace a Briand es que después de declararse apóstol de la huelga general se ha transformado en represor de los huelguistas a quienes no vacila en golpearlos militarmente. Dice en Cámara Melián Lafinur: «(…) es que el gobierno tiene que ponerse al lado de los que quieren trabajar, si no quiere someterse a los dictados de los huelguistas». Contesta Frugoni: «Se olvida que Briand ha declarado (…) que si era preciso ir contra la legalidad para ahogar la huelga (…) él estaba dispuesto a ir contra esa legalidad (algo) imperdonable en un gobernante que el día anterior se daba por socialista». Ante ello replica Melián Lafinur: «Si el señor Frugoni es ministro –que será cualquier día–…», «No lo seré señor Diputado», interrumpe Frugoni. Insiste Melián Lafinur: «… hará lo mismo porque no va a permitir los sucesos que puedan cometer los huelguistas». Contundente, Frugoni pone fin al dialogado: «No señor Diputado: si para ser ministro es necesario dejar de ser socialista, desde ya puedo adelantarle que nunca seré ministro».

De la energía y dureza recordemos un dialogado en la Constituyente. El diputado Narancio ha hecho alusiones directas y agresivas contra la bancada socialista, amén de haberlo ratificado en un artículo del diario «El Día». Frugoni con la vehemencia implacable al servicio de sus convicciones responde enérgicamente en el mismo diario y expresa en el Plenario aludiendo a los párrafos escritos por Narancio.

Frugoni: «(…) Estos párrafos reflejan de entrada y de golpe todo el proceso psicológico del gesto efectista y ‘pour la galerie’ del señor constituyente Narancio. (…) Un viejo refrán popular dice que es más fácil atrapar a un embustero que a un cojo. Y el señor Narancio es un gran embustero». Presidente: «Me permito indicar al señor constituyente que trate de evitar los personalismos». Frugoni: «Acaso lo único que pueda decirse en su descargo es que este es un
vicio que le viene desde muy joven».

Y como muestra ratificadora, Frugoni no rehuyó en aceptar un reto a duelo (prohibido por los reglamentos partidarios socialistas) cuando en plena Cámara puso alto a la actitud agresiva del diputado Pelayo. Frugoni trató a Pelayo de «matón orillero, al que no le permitiría que lo intentara llevar a ponchazos». Pelayo le guardaba viejo rencor a Frugoni, por una salida hilarante y punzante de Frugoni que lo dejara muy mal parado ante sus pares. Es que en discusión anterior, Pelayo pretendió minimizar una argumentación de Frugoni y expresó: «El diputado Frugoni pega más en la herradura que en el clavo». Rápido y con su enérgica voz replicó don Emilio: «Es que no es mi culpa que el señor diputado se mueva tanto».

Apenas si estos breves recuerdos de la inagotable figura del fundador de la izquierda nacional, en un momento en que un aluvión de voluntades clama por salidas justas y solidarias. Las mismas que Emilio Frugoni construyó pacientemente poniendo ladrillo sobre ladrillo para construir el templo sagrado de la redención popular.

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