Nuestro año capicúa

Mi amigo dice que deberíamos tratar de utilizar muy bien, hacer rendir plenamente el año que se inicia, porque será el último año capicúa que viviremos los que hoy estamos pisando tierra. Porque el otro capicúa será en el 2112, agrega, para dar más contundencia a su afirmación.

Yo he tratado de hacerle comprender que eso no será así, dado que con los avances de la ciencia y la tecnología, los niños que nacen hoy, el día de fin de año, lo hacen con una expectativa de vida de ciento diez años, que, seguramente, se ampliarán en el presente siglo, porque el avance de la ciencia es impetuoso. Me extiendo luego en consideraciones respecto al envejecimiento de la población, la necesaria postergación de la edad de jubilarse, la contradicción que llevará implícita esa norma con la demanda de trabajo por parte de los jóvenes…

Pero él, que es muy impetuoso, me aconseja que no debo dejarme llevar por las pamplinas que se escriben y dicen a diario. Sostiene que los que nacen con una expectativa de vida de ciento diez años, son la mayoría de los habitantes de los países ricos, que últimamente se muestran renuentes a tener hijos, y algunas minorías de los países de nuestra América, Asia, y, especialmente África. Agrega que cuando hablaba de aprovechar el tiempo con el pretexto de ser un año capicúa, se estaba refiriendo a que –con la experiencia que hemos vivido en el año que hoy termina — la batalla fundamental será por la paz; que si no tendemos una mano a la gente que vive en la pobreza y no creamos una mejor distribución de la riqueza, no habrá paz.

Yo comencé a quedar perplejo. Pero él no había terminado todavía.

Hay que tener en cuenta que la pobreza en un lugar del mundo se trasladó en forma de violencia a otro lugar del mundo, a partir del 11 de setiembre. Esos atentados dejan en claro que los ricos deben buscar urgentemente una solución a la pobreza, ya no por solidaridad o caridad, sino por su propia supervivencia, su propia seguridad y su propia paz. La globalización significa también que, este único mundo en que vivimos, es tan interdependiente que la pobreza en otro continente, a miles de kilómetros, puede significar la muerte de los que viven en países desarrollados. Hay que tener en cuenta (iba subiendo el tono de voz) que dentro de veinte años, los líderes del Grupo de los siete países más ricos (el G7) seguirán representando el exacto mismo número de personas que representan hoy; mientras que en los países pobres habrá dos mil millones de personas más. El 11 de setiembre debe servirnos para hacer evidente para todos, que el tema de la falta de equidad entre los ricos y los pobres no es un tema que se pueda seguir esquivando. Y la prensa no ha encarado este asunto de la mala distribución de la pobreza con el peso que yo pienso merece.

Le contesté que estaba loco si creía que yo iba a incluir alguno de esos pensamientos en alguna comparecencia pública. Traté de explicarle que me podrían tildar de subversivo y hasta podrían cortarme la transmisión si se me ocurriese decirlo frente a una cámara de televisión.

¿Usted cree? –me interrumpió–, mire que lo único que hice fue leerle algunos párrafos de un discurso que el señor James Wolfensohn, el presidente del Banco Mundial, pronunció en Washington a un auditorio compuesto por cientos de empresarios de los medios de comunicación de Norteamérica. Pero usted sabe más que yo; así que más vale censurarlo. *

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