La tragedia argentina
Argentina se desangra y con ella un pueblo hermoso, lleno de virtudes y pasiones, que debió vivir épocas de sufrimiento atroz, como cuando en las noches corrían por las calles de las ciudades y pueblos los Falcon cargados de represores, que terminaron en el genocidio atroz que se reflejó en treinta mil desaparecidos.
Un país donde se sucedieron las dictaduras militares, seguidas por un populismo que, en ocasiones, fue tan represor como los regímenes de facto (recordemos el fin del gobierno peronista y la Triple A de López Rega). Un país en donde falló la clase política, apareciendo los profetas mesiánicos que siempre empobrecieron a uno de los países naturalmente más ricos del mundo.
Fue lastimosa la renuncia de Fernando de la Rúa, que llegó al poder con casi un 50 por ciento del electorado, que en ese acto le estaba dando la espalda a las viejas prácticas políticas y que tras su claudicación debió escaparse en un helicóptero por las azoteas de la Casa Rosada. Una imagen realmente patética, la de un hombre que no supo interpretar las necesidades de la gente, que prefirió salvar a los bancos que tender la mano a los jubilados.
El Plan «Corralito» de Domingo Cavallo, que implicó la congelación de los depósitos bancarios desencadenó un hito en la crisis. Allí estalló el malhumor de la gente hasta desembocar en un estallido popular, con saqueos y caceroleadas. Por si fuera poco no tuvo éxito, porque acabaron fugándose reservas por un importe de 1.242 millones de dólares. Quedaron en la Argentina 15.137 millones, pero de esa cifra 5.821 millones son de los bancos, lo que deja al Estado sólo con 9.310 millones.
Los fondos en las arcas públicas son insuficientes para respaldar la paridad, en la que por cada peso en circulación debe haber un dólar en el Tesoro. En noviembre había 106 dólares cada 100 pesos y ahora hay sólo 89. Según esta ecuación monetaria, Argentina ya no podría dolarizar su economía, ya que circulan 14.000 millones de pesos contra menos de 10.000 millones de dólares.
El gobierno de De la Rúa salvó a los bancos mediante la congelación parcial de los depósitos en cuentas corrientes. Este intento desesperado por sostener el tambaleante sistema financiero inmovilizó el dinero de los inversores y los ahorristas. La emergencia sobrevino después de que se retiraron en un solo día de noviembre nada menos que 1.300 millones de dólares. En todo el mes, los retiros sumaron 3.500 millones, y desde febrero 18.000 millones; es decir, más que las reservas en divisas del Tesoro.
Según la prensa especializada, las mayores entidades financieras presionaron al gobierno para que las protegiera restringiendo la sangría de dinero. El gobierno acabó cediendo. Toda una complicación, ya que el costo de la canasta básica de alimentos para un matrimonio con dos hijos supera en más de 100 pesos mensuales el límite de 1.000 pesos que se otorgó para retirar del banco.
No es la primera vez que se castiga en Argentina a los ahorristas. En 1987 y 1990, los gobiernos de Raúl Alfonsín y Carlos Menem inmovilizaron y confiscaron, respectivamente, los depósitos bancarios.
Todo determinó el derrumbe del gobierno de De la Rúa, presionado además por el justicialismo que, ante el descalabro, comenzó a «cocinar» un propio plan. El gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, según consigna Joaquín Morales Solá en una de sus columnas, fue uno de los ideólogos de esta «transición». Se necesitaba un hombre que aceptara ser presidente por dos meses, para poder así organizar elecciones, adoptando en el interregno medidas de tipo social que intentarían reducir la presión en esta verdadera caldera del diablo: allí apareció el gobernador de San Luis, Adolfo Rodríguez Saá, cuyo primer anuncio fue calificar de triunfo el default, otra verdadera tragedia para la Argentina. Obviamente también trajo consigo ambiciones propias y la ahora manifestada intención de perpetuarse en el poder, por lo menos, dos años más.
El plan acordado por los distintos sectores del justicialismo se rompió en mil pedazos. Nadie había previsto que el actual presidente tratara de mantenerse en la Casa Rosada todo ese tiempo. Mientras tanto en las calles, los jubilados siguen sin cobrar, los ahorristas sin pode retirar su dinero, comenzando a resonar cada atardecer, con más frecuencias, el sonido de las cacerolas. En lo económico, al parecer, la idea de una tercera moneda, «El Argentino», parece que murió ante la evidencia de un inminente proceso de hiperinflación. *
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