Realidad social y educación
Una reciente publicación de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República ofrece los resultados y las conclusiones de una encuesta realizada en 1999 sobre la incorporación de niños de cuatro y cinco años a los programas de educación inicial.
Más allá del tema específico de la investigación y de los objetivos perseguidos, el informe se convierte en una elocuente radiografía de la sociedad uruguaya actual.
El panorama confirma hasta qué punto las cifras oficiales (desocupación, niveles de pobreza, alfabetización), aunque no estén falseadas, ocultan una realidad dramática que ningún gobierno –sea del signo que sea– puede ignorar ni dejar de ocuparse por revertirla.
La encuesta se efectuó sobre una muestra representativa de niños que cursaron primer año escolar en escuelas públicas de Montevideo, y la estratificación se realizó de acuerdo con la definición por contextos socioeconómicos especificados por la Anep: Favorable, Medio y Desfavorable.
Probablemente comparado con otros países del Tercer Mundo (de alguna manera hay que llamar al mundo subdesarrollado), Uruguay se destaque netamente por encima de otras realidades desoladoras. No obstante, las cifras son ilustrativas de una realidad social que está muy lejos de ser motivo de orgullo.
Veamos. En el 17,5 % de los hogares encuestados, la educación del jefe y su cónyuge no había llegado a los seis años de primaria, lo que significa que casi un quinto de los padres no ha terminado la escuela. ¿Pueden considerarse alfabetizados? El 60 % tiene en promedio entre seis y nueve años de educación, lo cual quiere decir que no terminaron secundaria.
El 13 % ha cursado bachillerato, y sólo un 9,6 % ha alcanzado nivel terciario. Con estas cifras, ¿puede hablarse de que el nuestro es un pueblo culto?
Asimismo la encuesta confirma una diferencia en tiempo promedial de educación a favor del sexo masculino: hay un 48 % de madres jefas de hogar que no terminó primaria; y al observar el contexto llamado Desfavorable, la cifra trepa a 64 %. La frialdad de estos números permite esbozar un panorama francamente preocupante.
Pero quizá lo más interesante sea constatar la estrecha relación existente entre el nivel educativo y el de ingresos de los hogares. De donde se concluye sin forzar en absoluto el razonamiento que cuanto menos educación se ha recibido, menos posibilidades se tiene de acceder a un decoroso nivel de ingresos; y el círculo vicioso se cierra constatando que el fracaso escolar y la deserción en primaria o en secundaria se verifican entre los estudiantes provenientes de hogares carenciados o del contexto Desfavorable.
En efecto, la repetición de los niños de primer año en escuelas públicas de Montevideo alcanzó promedialmente al 23 %. Pero esa cifra se dispara al 30 en los hogares del contexto Desfavorable; desciende al 21 % en el contexto Medio y baja al 12,7 % en el Favorable.
Asimismo, quienes deben repetir son aquellos que exhiben un alto número de inasistencias, lo que se verifica entre los niños de hogares del contexto Desfavorable.
Del mismo modo, los niños promovidos a segundo año con notas superiores a Muy Bueno son más del 30 % en el contexto Favorable y sólo el 14,6 % entre niños del contexto Desfavorable.
En fin, se trata de un informe revelador de una realidad en la que campean las injusticias sociales.
Con un panorama como éste, nadie debería asombrarse del incremento de la delincuencia, de los niños en situación de calle, de los carritos de hurgadores y de tantos otros dramas sintomáticos de una sociedad desestructurada.
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