Un solo punto a favor

EDGAR BELLOMO

 

Acercarnos al fin del año supone, casi siempre, dedicar un tiempo al balance, a la reflexión, para ver cómo nos fue y prepararnos entonces para lo que deberemos afrontar.

Confieso que, por honestidad intelectual o tal vez por temor a omitir algún logro importante de este gobierno y quedar expuesto a la crítica, he repasado los resultados, he procurado predisponerme positivamente, y aun así no he conseguido modificar mi impresión negativa.

Es verdad que esta debacle que sufre el país no empezó en marzo de 2000, como también es verdad que desde entonces a hoy no hay mejoras ni esperanzas de cambios positivos.

Desde que asumió este gobierno coaligado nos va de mal en peor. Batlle comenzó su mandato con un 12% de desocupación y hoy estamos rondando el 16% con tendencia a la suba, aunque los discursos oficiales nos induzcan a pensar otra cosa. De paso, los invito a recordar los pronósticos realizados en 2000 para 2001 y verán que le «erraron feo».

El PBI decrece en lugar de crecer, y si lo hace, no vemos dónde está el negocio ya que la «torta» creció hasta 1998 pero ello no significó que la «porción» de cada uno aumentara proporcionalmente, y –lo que es peor aún– se redujo paulatinamente.

La actividad económica, escasa por demás, parece agonizar y hay que ser muy valiente para abrigar esperanzas en el corto plazo.

Tenemos más infractores recluidos pero no dejan de cometerse delitos.

Día tras día aumenta el número de delincuentes, tanto presos como en libertad.

El espíritu economicista, ese de gastar menos (que realmente significa gastar social y solidariamente menos, no otra cosa) es el que se aplica desde Bella Unión a Rocha, a lo largo y ancho del Uruguay y cuya única virtud tal vez sea la de no excluir departamento alguno a la hora de castigar a los que más sufren.

Espíritu que impera hasta en la Salud Pública, y que al final de cuentas termina gastando igual, como en el caso da las meningitis de Santa Lucía, pero sin poder devolver la vida a las infortunadas, ni responder la pregunta que todos nos hacemos de qué hubiera pasado si se hubiera procedido antes a la vacunación.

Espíritu o criterio que rige hasta para con el Ministerio de Turismo, aunque todos coincidamos respecto a su importancia, a la capacidad de ingresar divisas y generar empleos, puesto que desde el gobierno se le adjudica un menguado presupuesto que más que triste puede llegar a ser vergonzoso si se le compara con el que el mismo gobierno otorga al Ministerio de Defensa Nacional.

Que sigue desamparando a los jubilados y especialmente a los que se jubilan por incapacidad, a quienes atiende mal y poco, ya que pasado un tiempo les demuestra que su incapacidad no es tan grande como pide la ley –que invito a modificar ya; ¡envíen mensaje!– y por tanto tendrán que arreglarse solos y como puedan en adelante.

Criterio que de tanto aplicarse le impide a esta administración reaccionar, invertir o ayudar a hacerlo productivamente, determinando entonces que debamos asistir impotentes al hundimiento de este Titanic imaginario en el que viajamos todos los uruguayos y donde son muy pocos aquellos que tienen (como en el verdadero, aquel de 1912) acceso a los botes salvavidas.

Reconozco que la aftosa complicó aun más un panorama oscuro y asumo que hay decisiones que se toman en otros lados que nos perjudican sensiblemente, pero ¡por favor! no continuemos socializando siempre las pérdidas y privatizando (o como se estila ahora, «concesionando») las ganancias.

Prestemos atención al dolor y las angustias de la gente.

Seamos humildes, sinceros y capaces de asumir que nos equivocamos algunas veces, como en esas ocasiones en que asistimos a decisiones apresuradas, inapelables, que culminan en destituciones o remociones que luego vemos –todos– que resultaron injustas.

¿Por qué nunca lo vemos poner en práctica? ¿Cuál es el artículo de la Constitución que impide al Presidente rectificarse y adoptar un comportamiento que, hasta por lo atípico, podría resultar verdaderamente ejemplar?

En lugar de esto, por el contrario, observamos la insistencia lindante con la tozudez, de que «por este camino vamos bien», cuando hoy la pobreza alcanza ya el 25% de la población. Uno de cada cuatro compatriotas es pobre y todo indica que en pocos años más la cosa será peor si tenemos en cuenta que hoy la mitad de los niños que nacen en este suelo lo hacen ya en situación de pobreza. Y no nos enfrasquemos en la discusión acerca de la exactitud de los datos o dónde debe situarse la línea de pobreza para poder cuantificar a los de abajo. ¿Es que hay algún uruguayo que no se dé cuenta de que colectivamente, como sociedad, estamos peor que antes? ¿Hace falta explicar que la universalización de los impuestos y las cargas, para que los que tienen más sigan pagando menos, es tan injusta que ya resulta agraviante?

Todos estos, y muchos otros, constituyen a mi modo de ver, «puntos en contra», frustraciones de un equipo que debiera ser el de todos y como tal representarnos. Equipo que fecha tras fecha se ve perdiendo posiciones en la tabla, posiciones de privilegio que ostentábamos en tiempos ya lejanos y nos enorgullecían.

Pero vamos a lo del título: hay, sí, un punto que debo reconocerle como ganado –y en buena ley– a este gobierno. Es el hecho de haber constituido la Comisión para la Paz, cuyos resultados nos indican que valió la pena el intento y que, más allá de sus carencias y limitaciones, constituye la única materia en la que la sociedad uruguaya viene avanzando.

Hoy sabemos, oficialmente, bastante más que antes y quedó demostrado, también oficialmente, que anteriores administraciones nos mintieron descaradamente, lo que constituye una falta casi tan grave como los delitos de lesa humanidad que, lejos de ser castigados, pretendieron amparar.

Pero ni siquiera este punto obtenido puede celebrarse. Es digno e importante, pero su propia naturaleza me impide cualquier clase de festejo.

Menos todavía, si recuerdo que en el inventario de activos ya no contaremos con «Perico» Pérez Aguirre y su aporte verdaderamente invalorable en todo este proceso de pretender pasar de la infamia denigrante a la dignidad.

Menos mal que, afortunadamente, Victor Púa y sus muchachos nos permitieron una alegría grande; por su significado intrínseco y por las ansias acumuladas en años de frustraciones. Aunque más no sea, esto, solamente esto, debe darnos la certeza de que es posible lograr las necesarias metas propuestas. Seguramente no resultará fácil y probablemente será más ardua la tarea de lo que hoy yo pueda imaginar, pero se puede. Por eso, porque sigue siendo posible la esperanza, es que continuaremos bregando por un mundo en paz. Porque está más claro que nunca antes, que nadie puede sentirse a salvo de la guerra, de la agresión, de la violencia que pueda provenir tanto de afuera como de adentro.

Por la fraternidad entre los pueblos y la necesaria unión de los orientales honestos, por encima o más allá de divisas y banderías, brindamos por un 2002 mejor.

De los hombres de buena voluntad depende y a ellos, como siempre, apelamos.

Y tengámoslo una vez más presente: siempre es posible lo que el pueblo quiere. Así que de empezar a sumar puntos positivos se trata y «la pelota» ya comenzó a rodar. *

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