HORA DE REFLEXION TAMBIEN PARA EL PROGRESISMO URUGUAYO

¿Qué pasó con la izquierda argentina?

La riqueza de los sucesos en curso en la República Argentina, sin duda, habrán de motivar nuevas y más ricas reflexiones.

Formamos parte de quienes, desde Uruguay, mucho nos duelen las angustias, nos animan las victorias y queremos aprender de los logros y reveses de ese pueblo tan cercano y a la vez tan distante a nosotros.

En especial hay un desafío teórico y estratégico de la mayor importancia para las fuerzas progresistas: la izquierda se sintió en el poder en octubre de 1999 con el triunfo de la Alianza tras las figuras del doctor Fernando de la Rúa y Carlos «Chacho» Alvarez.

No se la vio, en cambio en la hora del crepúsculo: dos años y diez días de gobierno de la coalición formada por el Frepaso y la Unión Cívica Radical habían bastado para neutralizar a la principal fuerza electoral de la izquierda argentina, hasta el extremo de dejar de ser punto de referencia para nadie en medio de la más grande movilización popular de los últimos decenios.

Seguir el sinuoso camino de los progresistas argentinos podría ilustrar acerca de cómo volatilizar una presencia política en apenas veinticinco meses en el gobierno, cómo defraudar expectativas cumpliendo el programa de los adversarios, cómo dejarse llevar por la inercia hasta el punto de hacer lo contrario a lo que se había prometido.

Sobre el patético eclipsamiento de la izquierda y los riesgos que eso comporta para las posibilidades de cambio real en Argentina vale la pena reflexionar: las políticas neoliberales suelen presentarse como «las únicas posibles», su propósito ideológico (¿o no lo tienen?) es justamente impedir pensar que otras alternativas son posibles.

A partir de ahí, de la fuerte impregnación que al Estado y a la sociedad impone la hegemonía neoliberal nace la inercia que ha atrapado no sólo al Frepaso argentino sino a muchas otras expresiones progresistas latinoamericanas.

El opacamiento de la izquierda política, las dificultades que históricamente el sindicalismo peronista ha tenido para desarrollarse, no como apéndice partidario sino como un movimiento independiente, terminó abriendo el camino para la acción espontánea de amplísimo movimiento de masas, el gran protagonista del 19 y 20 de diciembre.

El tema es una brasa ardiendo. Se trata nada menos que la determinación de las responsabilidades no de quienes son –como las derechas neoliberales y autoritarias– los tradicionales enemigos de las soluciones progresistas sino la de los sectores progresistas y de izquierda. Hay una crisis histórica y esas voces no aparecen. Un caso grave de omisión de asistencia. Y esta vez por parte de gente que sin ningún esfuerzo podríamos reconocer como muy próxima a la sensibilidad y los perfiles de la izquierda y el progresismo uruguayo.

Otra reflexión desde esta orilla: ¡qué diferencia abismal entre la cobertura que la televisión realizara en Argentina con el clima de censura y autocensura, pacatería y pereza mental, que reina de este lado del río!

Durante dos jornadas duras y plenas de acontecimientos, las cámaras fueron casi un protagonista más de la compleja situación. Más de una vez, y durante largos tramos del relato, los micrófonos fueron ofrecidos a los manifestantes que expresaron, descarnadamente, sus demandas, sus sentimientos y sus bien elocuentes repudios.

Cronistas que actuaron con criterios profesionales interrogaron a dirigentes políticos y gobernantes, preguntando sin sumisión ni alcahuetería.

Otros cronistas, cámara en mano en medio de los duros enfrentamientos callejeros, dieron difusión a los atropellos y las brutalidades policiales actuando como verdaderos «ombudsman», como gestores y salvaguarda de los derechos a la integridad física de los detenidos y de los heridos.

Los dramáticos padecimientos argentinos tienen, a diferencia de los nuestros, la condición de «fractura expuesta», de herida dolorosa pero ventilada, de la que el reinado de la hipocresía nacional nos priva. *

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