La lealtad mal entendida

Escribe Washington Lauría

Es muy cierto que nunca dejaremos de asombrarnos, ante las actitudes que surjan de la mente humana. En política, muchos son los ejemplos que nos demuestran una permanente renovación de hechos verdaderamente inexplicables.

Es así que nos encontramos con historias protagonizadas por compatriotas que, por ejemplo, confunden su función cuando tienen que actuar a nivel público.

Siempre entendimos que llegar a desempeñar un lugar de trabajo, como funcionario público, debe considerarse como el máximo orgullo que una persona pueda asumir; ya que tiene la oportunidad de contribuir al engrandecimiento de la Nación a través de su capacidad, honestidad y patriotismo.

Por eso, tanto desde el máximo cargo, recientemente renovado en nuestro régimen democrático, como hasta el más simple representante gubernamental, se debe demostrar la suprema entrega que requiere el resto de la ciudadanía.

Es aquí cuando muchas veces se confunde la manera de actuar. Al llegar al límite que separa el trabajo partidario de la función específicamente pública, es cuando cada persona deja sus vestiduras emblemáticas, para convertirse en un eslabón más de un régimen armado y pensado para obtener el bienestar común de todos los orientales.

Al llegar al cargo máximo en nuestro país, no se trata de transformarse en el presidente de determinado partido político, sino que se asume como primer mandatario de todos los uruguayos. Lo mismo ocurre con los intendentes de cada departamento, como también con todos los ministros del ejecutivo o los integrantes tanto de la Corte Electoral como del Tribunal de Cuentas.

Nuestro actual régimen de gobierno otorga también singular trascendencia a los «Entes autónomos», que comercializan diferentes servicios para toda la población, y por lo tanto, sus directores deberían ejercer un trabajo imparcial y colectivo.

Hay acciones gubernamentales esenciales, que también abarcan a la justicia y a la enseñanza, donde quienes desempeñan cargos asumen la disyuntiva de aplicar el criterio más ecuánime para lograr el resultado más eficaz.

Hace pocos días hemos comprobado un caso tremendamente equivocado por parte de una ciudadana que además ejerce la profesión en el ramo del derecho.

Esta persona, ejerciendo como funcionaria del ente de enseñanza, entendió que primero estaba su partido y luego la patria; y es así que trasmitió cierta información para perjudicar a una jerarca del Codicen.

Este episodio no puede pasar desapercibido, ya que hay que explicar que esa idea está totalmente fuera de lugar. Primero está la «Patria» sépalo doctora, ¡su accionar nunca lo hubieran aprobado, ni Aparicio, ni Herrera, ni Wilson! Hay que representar la divisa con las máximas condiciones de entrega, de honestidad y de capacidad, y de esa forma honrar al partido al cual representamos.

Este triste ejemplo de mal entendida lealtad no puede quedar como referencia simple de la equivocación de una persona, sino que vale como actitud contraria a la forma en que debe desempeñarse cada uno de los funcionarios del gobierno. Aceptando que hayan ingresado por una repartija política, en lugar de los concursos o sorteos correspondientes, eso no los exime de que su desempeño en la función logre ser imparcial y apolítico.

Ya lo ha demostrado el Frente Amplio en sus gobiernos departamentales montevideanos, donde se llamó tanto a concursar o al sorteo para ingresar en las diferentes actividades municipales. Detalle este poco conocido o tal vez olvidado, comprobado por las demostrativas colas para un simple cargo de limpieza o la utilización del Cilindro Municipal para sorteos de otros cargos.

Ojalá estos ejemplos puedan aplicarse en el futuro en otras tierras departamentales.

La patria está primero y las tradiciones deben entenderlo y respetarlo.

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