El "papelón" de Salud Pública
Relatar lo ocurrido en el Ministerio de Salud Pública con la vacuna cubana contra el virus B de la meningitis, de no ser trágico, podría ingresar en el libro de Guinness. Pocas veces hemos asistido a tanta cantidad de errores, de declaraciones desubicadas, de presuntas posiciones irreductibles y de campañas absurdas que, obviamente, hasta fueron contaminadas con el ingrediente de la más tonta (para no llamarla de otra manera) politiquería.
Sin embargo lo ocurrido en las últimas horas con la destitución de la persona que envió al Instituto Pasteur de París los preparados, para que allí confirmaran el análisis realizado previamente en el laboratorio de Salud Pública, es un hecho de una gravedad desusada que colma la medida y exige acciones inmediatas tanto del gobierno, como del Parlamento, si no de la Justicia.
Ninguna de las demás jerarquías de ese Ministerio, que no se ha caracterizado por su eficiencia ni por la defensa de los intereses de la gente están libres de culpa.
Las presiones realizadas en su momento sobre el ministro de turno, determinaron que el «negocio» de unos se impusiera a los intereses generales. Ese director debió renunciar.
El proceso de la vacuna cubana contra la meningitis tipo B viene de tiempo atrás. Siempre se trató de «morigerar» su eficiencia, indicándose que la cepa existente en Uruguay era resistente a ese fármaco. La hoy directora general de la Salud, la doctora Gloria Ruocco, es recordada por su apariciones en prensa afirmando que no era conveniente utilizarla, que era inocua para el virus preponderante en Uruguay, el que fuera «tipificado» por los organismos técnicos del Ministerio.
Ante tanta irresponsabilidad y falta de rigor intelectual, una persona del propio laboratorio de Salud Pública resolvió enviar una muestra al prestigioso instituto francés, con el fin de confirmar los resultados. Por supuesto que el proceso hubiera culminado si el resultado logrado en Francia fuera coincidente con la tipificación de los virus. Quizás la doctora Ruocco o el propio ministro Fraschini, hubieran aplaudido, sin que pasara nada y con aires de soberbia hablaran de sus aciertos
Sin embargo los investigadores franceses descubrieron que hubo un error en Salud Pública y que el virus caracterizado era de tipo B, justamente sobre el que la vacuna cubana tiene una eficacia que supera el 70 por ciento.
Fue el punto final para quienes, obviamente, no utilizan métodos científicos para analizar las situaciones y que irresponsablemente estuvieron a punto de prohibir por decreto la utilización de fármaco cubano. No se les pasó por la cabeza en ningún momento que su campaña, de ser erróneos los análisis realizados, podría determinar que algunas personas contrajeran el mal y muchas otras, de acuerdo a las condiciones del contagio, pagaran el error con sus vidas.
Desgraciadamente todo ocurrió de la peor manera: se produjeron casos de meningitis en Santa Lucía, aunque las autoridades sostienen que no llegan a configurar una epidemia. Por desgracia, además, murieron varios enfermos.
Paralelamente el Instituto Pasteur confirmó el error de los laboratorios de Salud Pública, con lo que quedó al descubierto que la campaña contra la vacuna cubana estuvo basada en errores y falacias cuya motivación habrá que investigar.
Como corolario final de tanto desaguisado, trascendió que por decisión del ministro Fraschini, fue destituida la persona que resolvió enviar las muestras al Pasteur. Si no lo hubiese hecho, la doctora Ruocco o el mismo ministro seguirían asegurando que la vacuna era inútil. ¿Cuántas otras personas pagarían ese error con su vida?
¿A quién le adjudicarían esas muertes? *
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