ESTADO VERSUS MERCADO

¿Dicotomía o síntesis?

Sería bueno que se comenzara a ahondar sobre algunos temas capitales para los uruguayos, para que las definiciones que se manejan sobre modelos de desarrollo sean el resultado de un análisis responsable y no, como está ocurriendo, de una cultura de enfrentamiento en la que se juegan elementos tan poco saludables para una comunidad como la intransigencia ideológica. Los estatistas y quienes creen que se debe propender a una economía de mercado, parecen estar enfrentados en una polémica que muestra un antagonismo irreconciliable.

Pero eso puede no ser así. Hace pocos días un sociólogo que realizó un trabajo en la zona de la ciudad de Rivera, nos trasmitía algunas comprobaciones que, de confirmarse empíricamente, serían un buen basamento para comenzar a analizar las bonanzas del Estado paternalista y, por el otro lado, la presencia del mercado como motor de desarrollo.

En la ciudad de Rivera existen 19 asentamientos precarios, donde habita un grupo humano que ha sido desplazado por la vigencia de las diferentes crisis que ha soportado el país. Sin embargo, unos metros más allá, en la ciudad de Santa Ana do Livramento, han desaparecido estos tipos de poblaciones marginadas, proceso atribuido a la fuerza del mercado que ha ido solucionado el tema de la vivienda, multiplicado barrios de relativo confort que, obviamente, muestran un contraste muy fuerte con la situación que se verifica de este lado de la frontera.

Sin embargo, cuando se comienza a desmenuzar la información, aparece como fuerza de incalculable poder el Estado uruguayo que, por casi un siglo, fue construyendo un entramado de servicios y elementos, que hacen de Rivera una ciudad claramente más avanzada, en muchos aspectos, que su vecina Santa Ana. A Rivera el agua potable llega a casi la totalidad de sus habitantes, que viven en un empobrecido ámbito, inclusive a los que habitan las zonas marginales. Del otro lado de la línea fronteriza, pese a la fuerza indudable del mercado, todavía no se han logrado ni siquiera parecidos niveles de infraestructura. En Rivera se verifican también mejores servicios telefónicos, de energía eléctrica, servicios de educación, de salud, etc.

Como advertirá el lector estamos hablando de un largo entrelazado de elementos que han sido creados en el tiempo por el trabajo de las empresas estatales que, obviamente también, han contribuido al nivel de vida de la gente. Quizás de combinarse los dos modelos, el trabajo de las empresas públicas con el mercado –que pone en marcha las fuerzas creativas de la actividad privada– se podrían resolver muchos de los problemas que nos acucian.

Habitantes de los flamantes barrios de Santa Ana, envían a sus hijos a los centros educativos de Rivera y, muchos más, se tratan en los servicios de salud del lado uruguayo, atendidos todos ellos por médicos formados en nuestra Universidad estatal.

Esta realidad de una ciudad fronteriza, con su problemática tan especial, muestra una realidad en que se confrontan modelos distintos de desarrollo, que no necesariamente deben estar enfrentados. ¿Por qué la labor del Estado que en nuestro país ha creando una infraestructura de tan enorme magnitud, debe ser contrapuesta a modelos que instalan al mercado como motor de crecimiento?

El ejemplo del Rivera-Livramento se debería estudiar a fondo, porque de las vinculaciones de los dos «estilos» puede surgir una síntesis, un camino propio y moderno de desarrollo que termine con la dicotomía que separa a los estatistas de los que creen en otros mecanismos para impulsar el desarrollo. *

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