Lecciones argentinas
La sorprendente peripecia argentina –que no es sino una de las formas en que se manifiesta la traumática situación de las naciones latinoamericanas– a veces en vertiginosa sucesión de estampas, no deja de evidenciar hechos y circunstancias que ilustran y permiten sacar conclusiones y hasta tomar ejemplo.
Las formas exageradas, casi caricaturales que asume la gestión del personal político, la extensión de los actos de corrupción y la creciente y escandalosa promiscuidad de la acción política con el impresentable mundo de la farándula, muestran, en una versión extrema, el descrédito y la confusión en la que navegan algunas instituciones claves para el desarrollo de la democracia.
Evocando al filósofo que sufría por España, desde esta banda podemos escribir con las preocupaciones a flor de piel que «nos duele la Argentina» por nación hermana, por historia compartida, por afinidades de todo tipo.
Nos duele también la marcha errática de su economía, la irresponsabilidad de sus clases dirigentes, la inestabilidad esencial de la composición de su elite gubernamental.
La proximidad en tantos campos nos arrastra, directa o indirectamente, a situaciones inesperadas, que obstaculizan también el desempeño de nuestros esfuerzos y nuestros proyectos.
Siendo determinante, no es sobre el desarrollo, estancamiento o involución económica de la república hermana que nos ocupamos. Ni de sus avatares financieros, cambiarios o monetarios, todos ellos con inmediata repercusión en este lado del río.
Nos parece de interés reflexionar sobre el proceso de descomposición de los partidos y sobre todo de los partidos que, en 1999 formaron una Alianza tras un programa de recuperación de la confianza pública en las instituciones y tras él, de reconstrucción nacional.
La fragmentación de la Alianza en el gobierno, la falta de continuidad de la acción progresista, la fragmentación y debilitamiento de las fuerzas políticas organizadas son un espejo en el que vale la pena mirarse.
Las elecciones legislativas recientes que castigaron al gobierno presidido por el Dr. Fernando de la Rúa y acrecentaron el peso relativo del Justicialismo en ambas cámaras, hasta el punto de poseer en la actualidad la Presidencia de Diputados y la del Senado, es decir, la vicepresidencia de la República, parecen formar parte de un destino perverso e insoslayable que impide al sistema de partidos actuar positivamente como expresiones de la soberanía popular y contribuir a desarrollar el enorme potencial social y humano que esa nación posee.
Todos recordamos las enormes expectativas que el triunfo de Fernando de la Rúa, con el apoyo de la alianza entre la Unión Cívica y el Frepaso, suscitó, no sólo en Argentina, sino en toda la región. Fácil resulta también verificar la distancia recorrida entre 1999 y las elecciones legislativas del 2001, con el estallido del «voto bronca» y la evidencia incuestionable de insatisfacción política que demuestra.
En ese espejo de la república hermana y próxima hay que mirarse.
Es cierto que, podría argumentarse con razón, hay grandes diferencias entre la Alianza argentina y la fuerza política que encarna el cambio progresista en nuestro país. Es indudable que en Uruguay los instrumentos políticos del cambio –el Frente Amplio-Encuentro Progresista– tienen más coherencia, más trayectoria y un trabajo de elaboración programática más dilatado y consistente que la Alianza argentina.
No obstante, el riesgo del descreimiento popular en las posibilidades del cambio, el escepticismo que lleva al desinterés y la desmovilización cívica está planteado como problema de nuestra democracia.
De ahí la importancia que adquiere reforzar el sentimiento de coherencia y estabilidad de las fuerzas políticas del cambio. Todo signo de «feudalismo», de disgregación de la voluntad común, de antagonismo y división es irremediablemente malo. *
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