ORTODOXIA Y SOCIEDAD

El camino de la desculturización

Las altas tasas de interés que el FMI recomendó en aras de la estabilización condujeron a la bancarrota masiva y a la destrucción de capitales.

En lugar de promover economías estables con crecimientos más rápidos y tasas de interés más bajas, las recetas simplistas del Fondo para la liberación de los mercados financieros y de capitales preferentemente provocaron lo contrario: sectores financieros colapsados, costos prohibitivamente altos para los préstamos, dislocación social extendida y desórdenes políticos.

Estos conceptos –fuertemente críticos– no son producto de una mente calenturienta ni influida por las teorías dirigistas o estatistas.

Son palabras del premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, que además de ser profesor de la Universidad de Columbia fue presidente de los asesores económicos del gobierno de Willian Clinton y vicepresidente de Banco Mundial.

El suyo es un pensamiento claramente heterodoxo, crítico, que ve los claros y oscuros de una política económica que no funcionó en ningún lugar del mundo.

Y, como los uruguayos llegamos a la costa cuando todos los demás regresan, aquí el gobierno sigue sistemáticamente aceptando esas políticas de «ajuste estructural» que impone el FMI, que combinan la liberación comercial con un proceso de privatizaciones y de políticas monetarias estrictas como la que ha producido en Uruguay el nefaasto atraso cambiario.

Con la aplicación del grueso de esas políticas los trabajadores pasaron, en un país tras otro, de trabajos de baja productividad al desempleo con cero de productividad, ingresando buena parte de la población en una marginación agobiante y miserable, que es una de las consecuencias de ese modelo.

El FMI en todo el período evitó cualquier debate genuino sobre estrategias alternativas y, por lo tanto, el resultado final fue (y es) inevitable, a lo que sumó la incapacidad de ese organismo para percibir nuevos caminos para sortear las crisis, fracasando siempre en sus propuestas de desarrollo.

Stiglitz, cuando analiza la situación dramática a la que ha llevado a casi todos los países en desarrollo, sostiene que el FMI «necesita un paradigma nuevo, no un recalentado de una ideología caduca y repugnante».

El testimonio del último premio Nobel de Economía no es el único ni el último. Otro pensadores coinciden con él, admitiendo que el FMI tiene un obstinado apego al pasado de ortodoxia económica en que fracasó y no, por supuesto, a un cambio de rumbo en dirección de un esperanzador progreso que no haga tan insoportable el futuro.

Todo esto es trágico para los uruguayos, pues el gobierno no ha podido despegarse de todo ese bagaje económico perimido, abandonando todos los caminos para pensar con cabeza propia. La lástima más grande es que este «ahogarse en la orilla y con los ojos abiertos» que proponen el presidente Batlle y el ministro de Economía, Alberto Bensión, significará, en lo concreto para el país, un atraso incuantificable.

La parálisis del gobierno es sintomática. Se aplica la receta llegada desde el FMI, sin ningún mecanismo ideológico que los haga dudar de su eficacia. Y, como –según alguien sostuvo– también en ese ámbito la situación del país es producto de la coyuntura externa, nos paralizamos sin adoptar ninguna medida de reactivación, aunque siga cayendo el producto, crezca el déficit fiscal, se reduzcan las exportaciones y se multiplique la marginalidad, con un correlato de inseguridad y violencia que aparece en ese marco de desolación.

Un país que vive un proceso de rápida desculturización, en que unos agreden a la sociedad al sentirse marginados y estafados, y otros se defienden tratando de que se mantenga estático un orden que tiene los pies de barro, como consecuencia de un proceso que la ortodoxia económica mantiene inalterable. *

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