El nuevo holocausto
Con el holocausto del pueblo judío pareció que la humanidad había arribado a una etapa final de horror y que el ser humano, de una forma u otra, comenzaría a redimirse en un camino de comprensión, rehabilitación moral y ética. Sin embargo seis décadas después podemos señalar que quienes eso pensaron, estaban equivocados. El estadio en que hoy se encuentra esta humanidad, globalizada, tiene las mismas o peores lacras, que las sufridas en ese período señalado. Desde la brutal represión del nazi- fascismo, la humanidad se introdujo en otros procesos de increíble violencia, sin que importara el ser humano individual o masificado, ni el desarrollo positivo de la humanidad en su conjunto.
Las luchas por el poder y el dinero determinaron nuevas agresiones contra la humanidad. Recordemos las bombas nucleares con que Occidente aplastó a dos ciudades japonesas, las distintas guerras (Corea y Vietnam) las convulsiones en el Medio Oriente, Polpot, Ceausescu, las dictaduras latinoamericanas que aplicaron el terrorismo de Estado, producto de la Doctrina de la Seguridad Nacional (Videla, Pinochet, y quienes encabezaron la vesania en Uruguay). Doctrina que ahora ha tenido una recidiva, pues algunos de sus extremos se comenzaron a aplicar con los extranjeros en los EEUU.
Dentro de este panorama de involución atroz, que muestra el deterioro progresivo de los fundamentos éticos de la humanidad, cómo no recordar a San Agustín, que en la Edad Media creía –y pregonó en sus escritos– que la humanidad iría subiendo, en distintas etapas de su evolución hacia una sociedad ideal, para llegar a un estado casi de perfección.
Se ha avanzado en la técnica y la ciencia, en alguna medida porque la industria militar es la que ha requerido más y más inversiones, para matar cada vez con mayor facilidad. Es cierto que el progreso científico ha dejado un sedimento que ha favorecido en algunos sentidos al hombre, mejorando sus comunicaciones, la defensa contra las enfermedades, sorprendiendo el vertiginoso desarrollo de la electrónica, los éxitos en la conquista del espacio y este gigantesco mecanismo que ha creado la llamada nueva economía, borrando las fronteras de los países, que es la red de redes (Internet).
Sin embargo el ser humano continúa bastardeando el sentido de su existencia, asesinando en inauditas masacres, torturando y vejando, en una inacabable lucha por el poder que ahora se puede ver, también, en la acumulación en grados superlativos de riqueza. Ese estadio de Dios que soñaba San Agustín, se convirtió en una utopía inalcanzable para el ser humano.
Por estos días las atrocidades siguen ocurriendo, no sólo en el Asia Central, donde el régimen talibán se ha derrumbado ante una fuerza tecnológica gigantesca, que utilizó como carne de cañón a soldados afganos de la llamada Alianza del Norte.
¿Es posible concebir, como ocurre en esta guerra, que uno de los Ejércitos combatientes no tenga bajas humanas? ¿Que esos soldados solamente accionen a distancia detonadores electrónicos o lancen sus bombas desde miles de metros, viajando en aviones indetectables?
Se ha perdido hasta la insólita hidalguía de algunos guerreros que, dando un ejemplo a sus tropas, eran capaces de ofrendar sus vidas por una causa. Ya no aparecen generales que, bajo la metralla y las bombas, apuntaban con su sable al enemigo, obligando con su ejemplo, al avance de sus tropas. ¿Qué pensarían del actual conflicto los oficiales de Napoléon, las tropas vietnamitas, que supieron enfrentar a un enemigo que se empantanó en su territorio?
En verdad, en el marco de este mundo globalizado, la humanidad ha descendido un poco más, mostrando además algunos síntomas que nos hacen presumir que nos encaminamos a otro holocausto, quizás final, que será paralelo al fin de un sistema. *
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