Comprar un auto usado

Alguna vez leí en algún lado que en los Estados Unidos se suele poner a la consideración de los electores un cartel con la foto del candidato junto con la inscripción «¿Usted le compraría un auto usado a este hombre?»

Ingenioso ¿verdad? Porque en el imaginario de la gente, ese es el paso más riesgoso que puede dar un individuo. ¿Quién no conoce a alguien o ha sufrido en carne propia la compra de un coche usado que pese a tener diez años de matriculado, perteneció a una viuda que no sabe conducir y lo tuvo guardado en el garaje suspendido en cuatro tacos para evitar que se estropearan las cubiertas, y que luego resultó ser un verdadero dolor de cabeza? Se enteró tarde que el motor está casi fundido y no hay repuestos, y que la lustrosa carrocería es un emporio de masilla.

Y ese es el problema: Que nos enteramos tarde.

Todo esto viene a cuento a partir de dos manifestaciones realizadas por el señor Presidente de la República que se conocieron la semana anterior, referidas a problemas que preocupan a mucha gente.

En el primer caso, hablando sobre el nuevo sistema de (presunta) seguridad social que se ha impuesto por la Ley 16.713 y que en su momento nos ofrecieran como una maravilla con la que, incluso, los trabajadores llegarían a tener dos jubilaciones al retirarse de la actividad, el señor Presidente dijo que –para el caso de que a una AFAP le fuese mal en las inversiones– «el Estado ya no es más responsable, porque usted no tiene un régimen de reparto, tiene un régimen de capitalización…», agregando en otro pasaje que «los de las AFAPs son como los rottweiler; te muerden y te sacan un pedazo».

La primera de las afirmaciones confirma ahora (¿será tarde?) que con el nuevo régimen, el Estado uruguayo desertó de la seguridad social y sólo se responsabiliza de una mínima pensión de subsistencia. Con la segunda, supongo que se estará refiriendo a las leoninas comisiones expoliatorias que cobran las AFAPs, de las que nos ocupamos a menudo.

El segundo caso tiene que ver con sus afirmaciones referidas a la inviabilidad de la producción y procesamiento de azúcar de caña en nuestro país, porque tenemos costos muy superiores a los brasileños. En este caso agregó que el misterio de que sigamos produciendo y exportando, se desvela por la circunstancia de que estamos usufructuando una parte (siete mil toneladas) de la cuota de importación norteamericana, con la que nos beneficiamos a partir de la implementación del bloqueo norteamericano contra Cuba. Como puede usted apreciar, nos metió el dedo en el ojo a todos aquellos que protestamos contra el susodicho bloqueo.

A mí –que igual que usted tenía la duda haciéndome gorgoritos en la boca del estómago– se me ocurrió consultar el asunto con uno de los dirigentes de la caravana que llegó desde Bella Unión a Montevideo, arropada por el PIT-CNT. Y él me informó que la tan mentada cuota es poco significativa en la producción de azúcar uruguaya, que llega a la friolera de cien mil toneladas.

Sugiero por lo tanto la conveniencia de analizar con detención las nuevas ofertas de autos usados que están a consideración del Parlamento y de todos nosotros. Me refiero a la necesaria culminación en la recolección de firmas en defensa de Antel, y el proyecto a estudio del Parlamento para la desmonopolización de la importación y refinación de petróleo y la asociación de Ancap con privados.

En estos nuevos casos, el mensaje viene adornado por la promesa de rebaja de precios.

El emporio de la masilla ¿vio? La masilla. *

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