Un Rottweiler está suelto

VICTOR ROSSI

 

La última intervención del presidente Jorge Batlle, en el tradicional almuerzo de ADM profundizó nuestra preocupación sobre la realidad del país y del gobierno.

El Presidente sabía que estaba ante una intervención trascendente, que de alguna manera iba a transformarse en el resumen de su visión sobre el año que finaliza. Por eso preparó su discurso por escrito, al que tuvo que agregarle ciertas improvisaciones obligadas por algunas preguntas de los presentes.

Su idea central fue dejar en la población la idea de que el país comienza a andar, a pesar de las dificultades regionales, de la aftosa, de las inundaciones y del atentado contra las Torres Gemelas del pasado 11 de setiembre. Por eso dijo, muy suelto de cuerpo: «En el último trimestre el país ha comenzado a crecer».

Casi en el mismo momento que mostraba ese optimismo, que no se reflejó en sus gestos que –según me comentaron– parecieron pintarlo como un hombre nervioso y con ganas de que la reunión terminara, se conocieron datos de la economía del país que decían otra cosa.

Las exportaciones se derrumbaron 20% en setiembre y la industria automotriz perdió en nueve meses 45 millones de dólares y los frigoríficos 142 millones de dólares. Datos preocupantes que se agregan a otros, como ser que las ventas industriales se contrajeron en setiembre 7,3% con respecto a igual mes del año pasado y que el personal ocupado disminuyó un 15%.

Si nos detenemos en el pasado octubre, hace apenas unos días, tendríamos que recordar la reunión del 29 de octubre del sector agropecuario con otras instituciones vinculadas a la industria, el comercio y los servicios, las que reclamaron –en un documento titulado «No va más»–, «un acuerdo productivo nacional», porque «la supervivencia del trabajo y la producción nacional requieren de un rápido y eficaz cambio de rumbo de la actual política económica».

Ante esta situación contradictoria, uno se pregunta qué pasó realmente entre fines de setiembre y el 28 de noviembre para que el Presidente pudiera sostener que la economía del país comienza a desarrollarse. La respuesta es sencilla: nada. Ni en lo nacional, ni en lo internacional apareció un solo dato contundente que pueda sostener con elegancia el planteo optimista del Presidente.

En cambio las señales que emitió el Presidente sobre el futuro del país no pudieron ser más negativas. Cerró las puertas para cualquier solución seria sobre el futuro de Bella Unión, a la que terminó recomendándole que se dedique a los plantíos de verduras, la misma fórmula que planteó hace 15 años en Montes, cuando es ese –después del azúcar– el sector que ha entrado en crisis.

A la vez se aferró como perro mordedor a su clásica tesis ortodoxa del neoliberalismo, que sólo apunta a eliminar el Estado, a abrir la economía y a decirle a cada uruguayo que quiera abrazar un emprendimiento productivo que eso no es conveniente, porque es más barato comprarlo en otro lado. Algo así como si a los estadounidenses uno de sus presidentes les hubiera propuesto que dejaran de producir autos, porque total los automóviles japoneses eran más baratos.

Su única apuesta con alguna arista positiva es operar en el campo internacional para que dentro de tres años el primer mundo resuelva a nivel de la Organización Mundial del Comercio, por presiones o por realismo político y económico, que se liberen los mercados para el sector agropecuario. Aunque todos tenemos la duda de que si se llegara concretar ese cambio mundial, qué productos vamos a comercializar cuando la apertura de nuestra economía está vaciando el campo y reduciendo nuestros niveles de producción.

El Presidente ha dejado la sensación de que es un hombre que no escucha, que está convencido de que en Uruguay puede concretarse la utopía de los liberales de crear una sociedad donde las fuerzas ciegas del mercado sean lo único que decide el destino de los hombres.

Esta actitud, que puede ser muy linda para debatir en una rueda de café en días de licencia, es tremendamente peligrosa. Si el presidente Batlle logra imponer su proyecto de país entre los verdes atardeceres del verano y las maravillosas artes de los hombres en un mundial de fútbol, al otro día tendremos como despertar un sociedad sin herramientas para revertir el presente y comenzar a alumbrar un mejor futuro.

Detrás de su aire campechano, espontáneo, sencillo, capaz de pasarla mejor en un boliche de campaña que en un fino restaurante, se esconde un fundamentalista ideológico, casi un «Rottweiler, que te muerde y te saca un pedazo», como definiera orgulloso el presidente Batlle a las AFAPs.

Ese «Rottweiler» que desde Washington fue capaz de destituir a un jefe de Policía, en el marco de un llamado patriótico contra el contrabando, porque no cumplió con la protección de la familia de uno de sus diputados, cuando se entera que el funcionario no estuvo en falta es incapaz de devolverle el brazo o pedirle disculpas públicamente, dejando en falsa escuadra al ministro del Interior y a todo el Parlamento.

Esta actitud recia en materia de políticas económicas y sociales se lleva adelante en medio de la soledad, con apoyos esporádicos del Foro Batllista o con el siempre salvador Partido Nacional que hoy se opone, por un rato, a un tema (como es el caso de la generalización del IVA), pero que tiene una propuesta que va siempre en el mismo sentido del fundamentalismo, como ha sido en la votación del Presupuesto, la privatización del puerto, la entrega de la telefonía celular y ahora con esa caricatura de asociación que se plantea para Ancap.

Por ello, no hay tarea más importante que juntar voluntades en torno a nuevas firmas para convocar a un plebiscito que impida la privatización de la telefonía celular y de la propia Antel. Es allí, en ese escenario, donde se juega la pulseada entre dos proyectos de país. Y no sobra tiempo y faltan brazos. Con el mismo espíritu constructivo y de lucha de nuestros hermanos de Bella Unión que conmovieron al país con su marcha de la dignidad, hay que encarar los próximos días. *

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