ESPECIAL PARA MEDITAR DESPUES DE LA CLASIFICACION

Estoy triste

JORGE CROCCE

 

Yo estoy ya, en la segunda mitad del segundo tiempo de la vida. Por eso que me pesó mucho lo que pasó en esa segunda mitad del segundo tiempo del partido con Argentina. Y pienso que lo único importante que les puedo legar a mis hijos y nietos es una cuota importante de dignidad intransable. Porque he visto muchos ejemplos en que, vidas ejemplares, se desvirtúan al llegar el último cuarto de hora. Y se tira a la basura el ejemplo de toda una vida.

He dejado de ir al fútbol, por eso. Porque un divertimento tan lindo y tan popularmente visceral, se ha ido transformando en un negocio descarado y asqueante.

Tuve la suerte de ver a grandes jugadores. Me viene a la memoria, justamente un argentino. No hablo de Maradona, sin dudas un grande en el fútbol, pero con otros condimentos que lo relativizan. Me refiero al cordobés Hohberg (ya casi ni me acuerdo cómo se escribe). Era un señor en todos los aspectos de la vida.

Volviendo a lo del partido, me encuentro con un desencuentro total con la conducta de la actual «hinchada» que concurre al fútbol.

Me desagrada la falta de respeto, con cosas totalmente ajenas al fútbol, que debieran mantenerse dentro de normas de respeto.

Porque en el fútbol, como en la guerra, hay (¿hay?) reglas mínimas a respetar.

Decir esto luego de las últimas noticias de la Comisión para la Paz parece un contrasentido… Sin embargo, lo sigo sintiendo así.

Me siento cada vez más lejos de esas «patotas» que no respetan nada. Rige lo de que el fin justifica los medios. Ganar, no importa cómo. También lo veo en la política.

Por eso, así como me desagradó la escupida en el rostro de Chilavert a Roberto Carlos, tampoco «banco» la silbatina al himno argentino. Y mucho menos, la falta de educación frente al minuto de silencio por la muerte del ex coach argentino Lorenzo.

Luego el partido empezó dentro de lo lógico. Un Uruguay desconocido, jugando muy bien, en los primeros minutos del partido y mereciendo ese gol que vino.

Luego Argentina, encontrando, poco a poco «su lugar» en el partido, emparejándolo en todos los aspectos, hasta en el marcador.

El segundo tiempo, con alternancias parejas, que hubieran permitido un triunfo de cualquiera de los dos. Aunque, a medida que pasaban los minutos, confieso, me daba la impresión de que, si Argentina apuraba, nos ganaba.

Y hubiera sido desgraciado. Desgraciado pero lógico. ¿Acaso este cuadro argentino que se clasificó por muerte como el mejor no está, aún en el Centenario, dos goles arriba de Uruguay? Vamos… Jugando en serio, me refiero.

Lo del final fue lamentable. La gloria de nuestros antepasados, desde Artigas a Obdulio, no lo merecía. Hemos vendido, en los quince minutos finales, el rico patrimonio de la gloria futbolística al bajo precio de la necesidad… de estirar la agonía. La gloriosa celeste no merecía que nos perdonaran la vida. Tan luego los «porteños»…

Y mucho menos que los mismos que los escupieron al llegar al Estadio, les fueran a «lamber»…, a la partida en el Aeropuerto.

Y no me sirve de excusa, para tal proceder, el irregular comportamiento de los paraguayos.

Ellos que carguen con sus culpas. Nosotros con las nuestras.

Te miro, Obdulio, y veo que los ojitos enrojecidos, hoy, no se deben al vinacho.

Porque también lloran, cuando hay motivos, los hombres muy hombres.

Perdonalos Obdulio, aunque sabían lo que hacían. *

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