Reivindicaciones gremiales y lucha política
La propuesta del presidente del Frente Amplio-Encuentro Progresista apuntada a la unificación de las luchas sectoriales en torno a objetivos comunes y de amplio espectro es algo más que una salida contingente y práctica para la proliferación de los conflictos que las políticas neoliberales engendran.
Se trata en realidad de un capítulo clave, central, de un conjunto de prácticas políticas que tienen que ver con aspectos medulares de nuestra democracia y con los desafíos que a los países subdesarrollados les imponen las relaciones de fuerza internacionales y la impetuosa hegemonía de los países ricos.
Dicho de otra manera, se trata de mostrar que, por encima de la infinita fragmentación de los conflictos sociales que atañen a tales y cuáles áreas y sectores, ya opera con mucha eficacia el factor de unificación que significan las políticas hegemónicas, las decisiones del poder y la voluntad de las clases que detentan la hegemonía. Son decisiones ya unificadas las que favorecen el desarrollo de un modelo que es «campo orégano» para la especulación financiera y territorio inhóspito para los proyectos productivos.
Cambiar las relaciones de fuerza en ese terreno, remover de los espacios desde donde se toman las decisiones a los representantes políticos del sector financiero y especulativo es imprescindible para resolver favorablemente los conflictos parciales en curso.
Si cada sector de trabajadores o empresarios vive su contingencia económica como si todos los demás fueran sus enemigos, la voluntad de los sectores sociales mayoritarios se dispersa, se difumina y pierde toda posibilidad de influir en el curso de las decisiones.
Es, en gran medida, lo que ha venido ocurriendo.
Para el movimiento popular la problemática no es nueva. A principios de los años 60, antes de la construcción de la CNT y del Congreso del Pueblo, el movimiento se veía atenazado por las dificultades de la disgregación de fuerzas. Fue, justamente, para avanzar sobre esa dificultad y cohesionar a los sectores populares tras un programa que abarcara la amplia gama de reclamos sin constituir una mera enumeración de problemas, que se convocó y realizó el Congreso del Pueblo y se aprobó un «plan de Soluciones a la Crisis» que sirvió como referencia orientadora en las luchas que siguieron.
De hecho, ese programa constituyó el referente principal cuando, unos años después, se fundó el Frente Amplio, que enriqueció y dio dimensión institucional y proyección política e histórica al programa elaborado por los sindicatos y las organizaciones sociales.
Acuciado por necesidades perentorias, el mundo del trabajo, en Montevideo y en el campo, vive con una conciencia fragmentada la realidad del país. Durante un tiempo, los enemigos de los cambios se beneficiaron de la dispersión. Sólo ellos aparecían como los proveedores de supuestas «soluciones» para el conjunto de la comunidad.
Las propuestas neoliberales ya no concitan adhesión. Están desgastadas.
El desafío es cómo –desde nuestra visión alternativa en la que nos basamos en otras realidades sociales y axiológicas, en las que el trabajo productivo es protegido y el trabajador respetado– consigue hacerse un lugar en la conciencia de todos.
Cómo un programa alternativo, elaborado por las fuerzas de la oposición progresista, se encarna en las vivencias, en el pensamiento y en la acción cívica y gremial de las mayorías trabajadoras.
¿Resistiría nuestro país un nuevo gobierno neoliberal? ¿A qué costo social? ¿Con cuántos miles más de emigrados? ¿Con cuánta gente viviendo en asentamientos periféricos? ¿Con cuánta gente en las cárceles?
Sólo enunciarlo da pavor.
De ahí la importancia de levantar una propuesta capaz de aglutinar política y emocionalmente a las grandes mayorías nacionales.
Se trata, entonces, de unificar todo lo que es posible en lo gremial para alcanzar la mayor y más extendida unidad política. *
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