Licandro y sus "encastres"
El economista Gustavo Licandro, gerente de la Asociación de Bancos, advirtió sobre un posible «default» uruguayo, afirmando que el «endeudamiento está llegando al límite». Objetivamente tiene razón: la falta de ideas de este gobierno que sigue aferrado a una política económica inviable, que no abre perspectivas para el desarrollo productivo de ningún sector, determina un paulatino crecimiento del déficit fiscal.
Sin embargo, las propuestas de Licandro están todas insertas en la misma concepción económica, reverenciando a quienes quieren castigar a los funcionarios públicos y a los jubilados –como Domingo Cavallo en Argentina–para que estos sectores paguen las deficiencias de una política económica agotada. Otro de los planteos del «economista» es dolarizar nuestra economía para alejar al negocio bancario de toda vicisitud de posibles devaluaciones y que sus deudores sigan pagando sus deudas en billetes verdes, sin correr nunca el peligro de una quita ante la posibilidad de una modificación en la política de la relación cambiaria.
Lo de Licandro no es nuevo: es confundir el negocio privado, en el que está inserto, con el futuro del país. Por ello en sus declaraciones faltó algo que es esencial, vinculado a los caminos de reforma que se deben emprender para que el país se recomponga y modifique su actual parálisis: se trata, claro está, de la reforma de la actividad financiera, tan desorganizada en el ámbito estatal como privado, con instituciones que han caído y cuyo salvataje debió, siempre, emprender el Estado.
Podríamos hacer historia sobre el punto y reseñar algunos casos de mediano plazo y otros recientes, de empresas financieras mal administradas, otras saqueadas, que continuaron abiertas por la actitud de los gobiernos de socializar las pérdidas (nunca las ganancias).
Licandro también olvida la situación singular del sistema financiero, por las leyes que amparan el secreto bancario a extremos incomparables, que absorbe de manera más que manifiesta a capitales que escapan de los países vecinos.
¿Por qué Licandro en lugar de sostener que el camino para Uruguay es la ampliación de la pobreza, no habla de una necesaria reforma del sistema financiero que se está concretando lentamente por la vía de los hechos? No le interesa que esa recomposición se haga de manera ordenada y planeada, lo que le saldría mucho más barato al país.
Es que a algunos economistas no sólo se le han quemado los libros de texto, los más elementales, sino que además piensan sesgadamente sobre un mundo ideal, que construyen con base solamente en la acumulación de capital, rindiendo pleitesía o siendo directamente apéndices de las grandes empresas financieras multinacionales que, en razón de la nueva organización globalizada, se han convertido en un verdadero gobierno paralelo en el ámbito mundial.
Como reflejo del pensamiento de este personaje, bástenos reseñar los encastres destacados por los periodistas de LA REPUBLICA, que tomaron las palabras del economista: «Espero que anuncien que no habrá más aumentos de los sueldos públicos»; «en la refinería no hay que invertir un solo peso más y se debe desmonopolizar»; «Antel está peor que hace 10 años. Cuentan los precios y no sólo el servicio».
Si cuentan sólo los precios –como Licandro sostiene sobre Antel–, ¿por qué la banca privada tiene las tasas de interés más altas del continente, especialmente cuando sus riesgos son mucho menores? ¿No es verdad que cuando las papas queman es el Estado el que debe apagar el fuego? ¿Licandro no recuerda acaso las ventas de carteras? ¿Tampoco que las empresas financieras privadas no refinancian deudas de productores, industriales o comerciales, cuya actividad ha sido perjudicada por el atraso cambiario y otras medidas de política económica? ¿No recuerda tampoco que todo ese precio de la crisis lo pagan los bancos oficiales?
No es que Licandro tenga mala memoria, sino –por el contrario– conoce muy bien lo que ocurre (y ha pasado) en nuestro país, por lo que hay que llegar a la conclusión de que sus declaraciones no son otra cosa que una sesgada interpretación del drama de los uruguayos, sobre la base de la visión que le interesa al sector económico que le paga. *
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