Intolerancia y masacres de los vencedores en Afganistán
Los aliados incondicionales del señor Bush en la actual campaña militar en Asia Central, especialmente el grupo que rodea al ex presidente Julio María Sanguinetti, a la corta o a la larga van a tener que pronunciarse acerca de las «hazañas» de sus pollos en la llamada lucha antiterrorista en curso.
Es más, los incondicionales amigos del gobierno Bush estarán sin duda encantados de poder explicar las bondades del sistema de tribunales militares sumarios para investigar, juzgar y ejecutar a los acusados de terrorismo.
Tanto las masacres en territorio afgano como la implantación de tribunales de excepción están generando protestas en algunos círculos políticos, periodísticos y académicos de los Estados Unidos.
Buena parte de la prensa europea y latinoamericana da cuenta en sus ediciones del jueves 29 de los lacerantes testimonios de lo ocurrido con algunos centenares de presos en Mazar-i-Sharif, cuando los «asesinos y matones de la Alianza del Norte» se tomaron una cruel venganza con los «asesinos y matones» de las tropas que defendían el régimen talibán.
La colaboración de la aviación norteamericana aparece formulada en varios testimonios que dan cuenta del fusilamiento de prisioneros desarmados y atados, cuyos cuerpos, después, fueron descuartizados implacablemente.
El doctor Robert Fisk, corresponsal del británico The Independent, viene denunciando desde hace ya varios días el proceso por el cual se desarrolla, en medio de la indiferencia y el desinterés de los grandes medios de televisión, una vasta masacre al amparo de las tropas y la aviación de los Estados Unidos. En sus notas informativas de los últimos días, un pensamiento aparece reiterado: «ahora somos criminales de guerra».
En este marco la perspectiva más jubilosa parece ser la de asegurar a los presos bajo sospecha de terrorismo un juicio en los tribunales militares instaurados por la administración Bush.
Tales tribunales a su vez vienen generando en los Estados Unidos objeciones cada vez más fuertes. Por ejemplo, una nota publicada en estos días en New York Times, por parte del conocido analista William Safire, titulada «Los tribunales militares perjudican la guerra contra el terrorismo».
Según refiere el artículo, los movimientos de Bush se excusan en la necesidad de proteger a los miembros del jurado… suprimiendo los jurados.
Ãl, como otros periodistas y políticos del Norte, denuncian que tal como están convocados, los actuales tribunales se apartan de las leyes vigentes en los Estados Unidos.
Estas –a través del Código Normalizado de Justicia Militar, según consigna Safire– exigen en juicio público la demostración de culpabilidad más allá de toda duda razonable, que el acusado tenga voz en la elección de los miembros del jurado y el derecho de elegir abogado, la unanimidad en la condena a muerte y, sobre todo, la posibilidad de recurso de apelación ante civiles confirmados por el Senado.
El asunto tiene, como es obvio, muchas derivaciones conceptuales. Es evidente que una muy bien concertada campaña propagandística ha conseguido alinear tras el presidente Bush a una parte considerable de la opinión pública norteamericana y, en cierto sentido, también la europea.
Pero, como señala Safire, se trata de la asunción por parte del presidente norteamericano de poderes dictatoriales y de muestras de justicia sumaria que, de hecho, consagran la negación de los derechos humanos de los acusados.
La descalificación del prestigio y la autoridad moral de los Estados Unidos a partir de este episodio, según varios analistas, entre ellos el citado, apunta no en lo inmediato pero sí a mediano plazo a dañar fuertemente la lucha contra el terrorismo. *
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