Stiglitz y el sectarismo
Es preocupante el sectarismo, porque obnubila el razonamiento, paraliza la inteligencia y, en ocasiones, desata la violencia. La historia del mundo es pletórica de hechos que muestran cómo este fenómeno deteriora la mente y engendra males cuyas consecuencias finales son difíciles de cuantificar.
¿Por qué nos preocupa este tema y hoy tratamos de reflexionar sobre él? Es que nosotros, como muchos otros que participaron directamente de la conferencia que dictó en nuestro país el economista Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, que ocupara una importante asesoría del gobierno de Bill Clinton, luego de haber sido un crítico vicepresidente del BIRF (Banco Mundial), asistimos a una brutal expresión sectaria: el «ninguneo» de sus experiencias.
Claro, se trataba de todo un personaje, que en los últimos tiempos ha trascendido a la opinión pública como consecuencia de su Premio Nobel pero, además, por sus polémicas posiciones contrarias –la mayoría de ellas– a las recetas fondomonetaristas.
El salón principal del Banco Central estaba repleto. «Tout» la «clase política» vinculada a los sectores financieros y «economistas», muchos de ellos «ortodoxos», esos personajes que hacen creer –y ellos mismos se creen– que son ciencias exactas las que manejan y han estudiado y que en ese marco los destinos son ineluctables, los rumbos únicos, claro está, los que indica el FMI.
Lo expuesto por Stiglitz en su conferencia no fue, para los avisados, nada novedoso. Cuestionó a esa «ortodoxia» y advirtió sobre los resultados de muchas privatizaciones, utilizando para ello ejemplos que todos deberían tener en cuenta. El reciente Premio Nobel habló largamente del Estado, al que «hay que reiventar» –dijo– evaluando las funciones prescindibles y las otras, imprescindibles.
El motivo de esta nota no es señalar de manera pormenorizada el pensamiento de Stiglitz, sino reseñar lo ocurrido en ese ámbito en el que la ortodoxia uruguaya era mayoría, donde no se analizaron los argumentos, sino –sectarismo mediante– se redujo ese planteo a una anécdota, como proveniente de un técnico «menor» que «logró el Nobel por haber presentado trabajos sobre la depreciación de los automóviles», como afirmó la señora Rosario Medero.
Es la primera vez que un técnico de su quilates, que tiene en sus antecedentes ser Premio Nobel, sufre tan evidente «ninguneo». Su experiencia, la información que manejó cayó en saco roto, en una audiencia que se sonreía ante sus afirmaciones y descreía de los datos expuestos.
¿Cómo puede llamarse todo ello? Obviamente, sectarismo ideológico. Stiglitz llegó a Montevideo para trasladar sus visiones, despejando con información algunas incógnitas, como por ejemplo, esa panacea que maneja nuestro gobierno, las privatizaciones, sobre las que el conferencista llamó a tener «cuidado».
Ese fugaz pasaje por Montevideo sirvió para mostrar que parte de la elite pensante uruguaya –quizás sea una calificación demasiado rimbombante para esos funcionarios– está integrada por muchos que confunden su condición de usufructuar sus «contratos» al servicio de un gobierno que se maneja solo con una línea de pensamiento, la ortodoxa, con esquemas que son pan para hoy y HAMBRE (con mayúscula) para mañana.
Todo lo demás para esta gente, hasta lo afirmado por un técnico del nivel del visitante, es prescindible, quizás un «disparatado», pensamiento, concepto que se intuía en más de una sonrisa socarrona.
Ello podrá caracterizarse como sectarismo.¿Le parece? *
Compartí tu opinión con toda la comunidad