Decentes, transparentes y competentes
EDGAR BELLOMO
Hace pocos días, enmarcado en las resoluciones adoptadas el 6 de octubre por el Nuevo Espacio y coincidiendo con la intención –que a esta altura está siendo aceptada por casi todos los progresistas– de conformar un gobierno de mayorías nacionales que, entre muchos otros, desde la Alianza Progresista estamos procurando ayudar a cimentar, tuvo lugar un grato encuentro en las afueras de Montevideo.
Como en otros tiempos fermentales, una reunión entre amigos.
Allí estuvimos junto a Rafael Michelini y Rodolfo Nin Novoa, unos cuantos orientales preocupados y comprometidos con el Uruguay y su futuro. Como «garantes solidarios», estuvieron José Mujica y Lucía Topolanski.
Fue un encuentro de progresistas, más allá de los lemas, independientemente de números de listas electorales y que contó con presencia de periodistas que realizaron la correspondiente cobertura informativa, lo que da la pauta de la importancia del acontecimiento.
De esa jornada –que sólo la historia se encargará de determinar si resultará histórica o no– yo quiero rescatar, reafirmar y suscribir algunos conceptos que expusiera Rafael Michelini en un discurso compartible de principio a fin, más allá de que sean legítimas otras visiones, así como aportes diferentes y complementarios.
Decía Rafael (y al repetirlo, porque así lo hizo, me da lugar a interpretar que enfatizaba) que deberíamos ser decentes y transparentes, además de solidarios, a la hora de ejercer el gobierno que todos presumimos cercano, pero que no alcanzaría con eso. Que, a la luz de hechos recientes ocurridos en un país hermano, podría resultar tremendamente frustrante la experiencia de gobernar si no se consigue el objetivo de mejorar la calidad de vida de la gente, razón por la cual las mayorías están apostando hoy al cambio en materia de ofertas políticas.
Doy por supuesto que la decencia y la transparencia resultan imprescindibles; la solidaridad real y efectiva –más que la meramente discursiva– parece ser otra condición sine qua non.
Considero innecesario abundar en estos conceptos puesto que supongo que no caben dos opiniones al respecto.
Quiero sí, resaltar la otra condición que el orador agregaba: la de ser competentes, que equivale a decir exitosos; capaces de lograr los propósitos que pregonamos.
En esa misma alocución, Michelini establecía dos presupuestos básicos que a un gobierno que se precie de progresista debieran caracterizar: por un lado, terminar con los «elencos» gobernantes, esos que se componen de diputados o senadores que al no alcanzar las anheladas bancas, se convierten en los polidirectores o aquellos directores de empresas públicas que un día pueden aparecer en OSE y al siguiente en UTE o Ancap o en uno o más Ministerios…
Por otro lado, y seguramente más importante aún que lo expresado recién: darles de comer a los niños con hambre, que, lamentablemente, cada día son más. Lograr modificar, revertir esa situación terrible que vive la infancia en nuestro Uruguay.
La infancia pobre, claro está, esa que representa la mitad más postergada.
Porque no podemos –ni debemos– olvidar que en nuestro querido país el 47% (si es que ya no nos quedamos cortos) de los niños nacen y viven en situación de pobreza y que la tendencia es alarmantemente creciente; al alza, por utilizar el lenguaje de las «bolsas» y «mercados», tan en boga en estos días.
Si no logramos cambiar realmente, modificar positivamente la situación y los resultados, sustituir las angustias por satisfacciones, de poco habrá valido alcanzar el gobierno. Para ser más claros: si al finalizar esa gestión se mantuvieran o empeoraran las condiciones de vida de los niños, de nada valdrá discutir y argumentar por qué creemos ser diferentes, si es que no fuimos capaces de demostrarlo cuando se nos presentó la oportunidad. Y creo que es ahí donde radica el principal desafío: erradicar el hambre y la violencia que consecuentemente nos vienen «copando la banca» a pasos acelerados, como forma de recuperar la esperanza perdida de cientos de miles de compatriotas.
Es parecido a lo que sucede en el fútbol. Es necesario «meter» y jugar bien, inteligentemente, si es que aspiramos al triunfo, pero no alcanza con eso: además hay que ganar.
Del éxito depende el futuro y el empate, definitivamente, no nos sirve… *
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