Sobre monopolios y malas ventas
La explotación del mercado interno de los combustibles, según algunas valiosas opiniones, es un buen negocio para Ancap en razón de la existencia del monopolio que, de caer, no justificaría la asociación con una empresa transnacional para explotar la refinación y la importación de petróleo crudo.
Si esa afirmación es verdadera, la conclusión es obvia. Luego de la eventual asociación del ente de los combustibles con su «socio» privado, el próximo paso será traspasar por la vía de los hechos, a la nueva empresa la venta en el mercado interno, manteniendo en sustancia su carácter monopólico. Por ello los usuarios quedaríamos en manos de quienes harán su negocio sin tener contemplaciones de tipo social alguno.
En alguna otra oportunidad nos preguntábamos: ¿Dónde está el negocio? Ahora lo vemos con meridiana claridad. La estrategia del gobierno es poner en marcha una nueva empresa cuya dirección operativa estará en manos del «socio» extranjero, que trasladará al mercado interno –al igual que lo hace Ancap– sus posibles ineficiencias. Porque — tal lo anunciado y en razón de la lógica del negocio– ese mercado de los combustibles seguirá estando monopolizado y se venderá en él los refinados hechos por la nueva empresa.
Si alguien aprueba esta venta de acciones (o remate), es evidente que se estará traspasando, por la vía de los hechos, la totalidad del ente de los combustibles al control del «socio» extranjero. Ese «socio» tendrá la dirección operativa del conjunto, manejará la refinería y la importación de crudo sin restricciones y, además, venderá sus refinados, pasando a sus manos sin desembolsar un solo dólar, el mercado interno de los combustibles.
Si no es así, que alguien desmienta lo que decimos. ¿Es acaso razonable pensar que Ancap, que en teoría mantendría el monopolio de la venta, comprará derivados en otro lugar, para que los sufridos consumidores paguen precios más accesibles?
O sea que, con la adquisición del 47 por ciento de las acciones, el «socio» no sólo adquirirá la refinería, el oleoducto que llega desde Maldonado, la propia boya petrolera, sino que tendrá en sus manos la venta exclusiva en el mercado uruguayo.
Algunos economistas sostienen que el precio de venta de una empresa no está ni en sus activos, ni en su pasado presuntamente exitoso. Está –dicen– en el éxito de su futuro. Entonces debemos hacernos una pregunta elemental: ¿Cuánto vale una empresa que factura mil millones de dólares anuales, tiene en sus manos toda la mecánica de producción de combustibles y derivados, monopolizando además la importación, la refinación y la venta en el mercado interno?
Una empresa que, además –dándose el lujo de tener colaterales deficitarias en la Argentina– entrega anualmente a rentas generales cientos de millones de dólares que, obviamente, contribuyen a que el déficit del país sea menor.
Por más que se sostenga que el monopolio de la venta tiene un plazo de vigencia relativamente breve en base a los acuerdos del Mercosur, el patrimonio que se transfiere a la actividad privada es cuantioso. Tan cuantioso –salvando las proporciones– como el de la playa de contenedores, entregada por menos de 20 millones de dólares a la actividad privada.
Si andaremos mal en el Uruguay que esa mala venta, ese remate al mejor postor de la única entrada comercial del país, fue aplaudida como un éxito. Si se concretara lo de Ancap, aunque perdiera el país todos los elementos de una empresa de carácter estratégico, algunos también aplaudirían.
Bensión quedaría loco de contento. *
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