"No puede morir un pueblo por pagar una deuda"
Argentina, que tantas veces es para nosotros –en lo cultural, en lo ético– un modelo particularmente indeseable, exhibe también otros rostros, más estimulantes y promisorios. Tal el caso de las decisiones judiciales que –como hemos comentado más de una vez en estas páginas– han erosionado, lenta pero firmemente, los soportes legales y doctrinarios de la impunidad.
En ese plano se inscribe la «Carta del Episcopado sobre la situación social y la deuda», difundida el fin de semana pasado en la prensa. Se trata del fruto de una conferencia de cinco días en la localidad de San Miguel y fue divulgada en una conferencia de prensa en la que, además, se dijeron cosas de interés.
El documento y las declaraciones formuladas a la prensa, las referencias muy precisas a algunos aspectos críticos de la situación social y política de nuestros vecinos hacen que la instancia sea de interés también para nosotros y para todos los que en nuestro país les preocupa el destino del país, de su gente, y la vigencia de principios éticos de validez universal.
Los obispos no rehuyeron comprometer opinión, meditada y colectivamente sobre temas delicados. Uno de ellos, que constituye el centro del documento aprobado, y al que también se refirieron los obispos en la presentación, incursiona en la relación entre las obligaciones que para los países supone el hacerse responsable de los compromisos asumidos y la situación social que prevalece en la comunidad.
Así, el arzobispo de Rosario, Eduardo Mirás, sostuvo: «Siempre he pensado que la deuda externa tiene mucho de injusto. No es suficiente decir: hemos pedido un préstamo y tenemos que aguantarnos simplemente su resultado, cuando el camino de la negociación cambia sin que el peticionante tenga nada que ver, porque le suben los intereses y, en definitiva, porque el cálculo que se puede hacer de lo que se ha abonado y lo que se pidió, ya es superior a lo que se ha recibido».
La deuda externa, agregó, «agobia a todo un pueblo y si es justo que se pague lo que se pidió, también hay que lograr que las condiciones de pago sean justas y equitativas, porque no puede morir un pueblo por pagar una deuda».
Con igual moderación y seriedad los obispos abordan otros aspectos urticantes de la realidad social poniendo el énfasis en la cuestión de la justicia social: «La brecha entre los que tienen mucho y multitudes que viven en condiciones por debajo del mínimo requerido por la dignidad humana se abre más y más».
En las reflexiones que acompañan el movimiento de los obispos merecen especial atención sus referencias a cuestiones que no son de índole estrictamente económica, que remiten a problemáticas de tipo cultural o espiritual, como ser la crítica a «la procacidad y banalidad de muchos programas trasmitidos por los medios de comunicación, que nos avergüenzan como argentinos. En una palabra, una corrupción generalizada que mina la cohesión de la nación y nos desprestigia ante el mundo».
Un comentario del analista argentino Washington Uranga aporta otro elemento valioso: «Después de la reunión de San Miguel, los obispos reconocen estar desconcertados, y una muestra es que, convencidos de la necesidad de alumbrar ‘gestos’ más que palabras, no pudieron todavía encontrar uno que les satisfaga y que consideren que puede generar un real impacto en un cuerpo social ganado por el escepticismo».
Quizá este escepticismo que preocupa a los pastores cristianos de Argentina sea el indicador más extremo y más elocuente de la situación. Basta recordar hace apenas unas semanas al altísimo índice de votos nulos o en blanco emitidos en las últimas elecciones parlamentarias, el denominado «voto bronca» para aquilatar lo riesgoso del cuadro político y cívico dominante. Como dijo el obispo Mirás: «Caminamos sobre un cristal que en cualquier momento se quiebra». *
Compartí tu opinión con toda la comunidad