La cruzada antiterrorista como pantalla de una guerra imperialista
La globalización galopante de este tercer milenio que se inicia trae aparejado –además de las obvias consecuencias económicas– el predominio indiscutible de la superpotencia imperial que domina el mundo actual. Todo el planeta marcha al ritmo que impone EEUU, y acepta y hace suyos los valores, las metas y los medios para lograrlas, dispuestos por Washington y por Wall Street.
A esta altura es un hecho incontrastable que los atentados terroristas del 11 de setiembre tuvieron por efecto potenciar ese predominio por cuanto generaron una repulsa mundial que sirvió para justificar cualquier represalia y promovió el alineamiento automático de todas las naciones en la cruzada antiterrorista lanzada por Washington.
Lo alarmante es que hasta la izquierda europea y estadounidense está exhibiendo –con contadas y honrosas excepciones– un comportamiento complaciente con la gran potencia, que borra de un plumazo prácticamente un siglo de denuncias y de condenas al imperialismo.
En este sentido vale la pena rescatar lo que Juan Torres López, catedrático de Economía de la Universidad de Málaga, ha escrito recientemente referido a la posición del PSOE, cuyo discurso parece una mala copia del dominante, «importado sin más desde los círculos del poder norteamericano». El intelectual español se acerca de ese modo a la postura sustentada por Noam Chomsky, quien ha denunciado con intransigencia la responsabilidad histórica que cabe a Europa y a EEUU en la actual realidad mundial. Dice Torres López: «Se admite, se justifica e incluso se aplaude sin reservas la postura de Estados Unidos a pesar de que su papel en la generación de los propios conflictos que dice combatir es una parte principal del problema que hay que resolver. Se olvida su cinismo a la hora de enfrentarse al terrorismo, condenando el de los adversarios y haciendo la vista gorda sobre el propio o amparando el de sus aliados, su negativa a crear organismos de justicia internacional, a revisar la legislación sobre armas ligeras, sobre paraísos fiscales o sobre prácticas delictivas internacionales, su permanente boicot a las Naciones Unidas y a sus resoluciones cuando se trata del pueblo palestino, del pueblo kurdo o del saharaui, su autoinvestida e intrínsecamente antidemocrática posición de cabeza del imperio, o la mal disimulada confusión entre lucha antiterrorista e intereses estratégicos de las empresas estadounidenses…»
Precisamente este último aspecto no es suficientemente destacado en los análisis, y está sin embargo en el origen del conflicto que mantiene convulsionado a todo el Cercano y Medio Oriente. Las reservas petrolíferas de Arabia Saudita son sin duda el quid de la cuestión, y la mayoría de los intelectuales de izquierda parece haber olvidado ese factor geopolítico de enorme trascendencia. Encandilados por una propaganda avasallante que intenta mostrar a EEUU –el hermano mayor celoso guardián de la democracia y de los valores occidentales– como la víctima de la insania terrorista, muchos dirigentes políticos de izquierda parecen haber olvidado el papel que cumplió EEUU a lo largo de casi dos siglos. Una trayectoria de guerras de anexión, de intervencionismo, de prepotencia militar y económica, de imperialismo descarnado.
Sin dejar de condenar todo acto terrorista, como el que conmovió a Nueva York y Washington el 11 de setiembre, es preciso no perder de vista qué representa EEUU y qué se está defendiendo cuando se acata sin más el ultimátum de Bush. *
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