El IVA visto desde el llano
CARLOS BOUZAS
En los últimos días se ha reavivado la discusión referida al proyecto del señor ministro de Economía para unificar la tasa del impuesto al valor agregado (IVA) en el diecinueve por ciento.
Como usted debe saber ya, cada vez que compramos alguna cosa los consumidores de a pie, en el precio de la misma está incluido el aporte al estado en forma de Impuesto al Valor Agregado más Cofis. En la mayoría de los productos, ese aporte se puede estimar en el veintisiete por ciento (23% de IVA más 3.70% de Cofis). En algunos, el aporte es del diecisiete y pico (14% de IVA y 3.50% de Cofis). Y en unos pocos productos integrantes de la canasta básica, no existe impuesto. Las tasas de impuesto diferentes, responden a la mayor o menor importancia que cada producto tiene en las necesidades de consumo de la gente peor remunerada. De esa manera se intenta atemperar la principal crítica que recibe este impuesto: su carácter regresivo, dado que grava al individuo cuando consume; con lo que, minga de inocuidad social, porque ya se sabe que los que menos ganan consumen todo su ingreso; por lo tanto, todas sus rentas están gravadas por el impuesto. Pero, como los pobres consumen especialmente productos de la canasta básica, opinan, los defensores del IVA, que se equilibra la descompensación.
Ahora bien: este impuesto ha tomado una importancia vital en las finanzas del Estado. Al extremo de significar más de la mitad de todo lo que recauda la Dirección General Impositiva (DGI). Pero, claro, para que ello ocurriese, fue menester que se fueran elevando las tasas hasta llegar a los guarismos insoportables de hoy día. Y las tasas insoportables implican la inevitable preguntita del consumidor listo: ¿Y sin boleta?
Aquí es donde llega la iniciativa gubernamental. Si bajamos la tasa del impuesto, esperan que haya menos evasión. Pero como no se pueden dar el lujo de correr el riesgo de recaudar menos, entonces proponen que todo bicho que camina pase a pagar una tasa única del diecinueve por ciento. Y luego de muchos escarceos entre los socios de la coalición gubernamental, se intenta la iniciativa con retoques que mantienen algunas exoneraciones.
A esa altura del campeonato, nos acosan con afirmaciones del tipo de «suben 22 productos y bajan 65 rubros» (revista semanal Búsqueda); o que «bajarán drásticamente los incentivos a la evasión y la informalidad» (ministro de Economía); o que según estudios oficiales (que no se muestran), la carga impositiva resultante de la reforma será «igual o menos, en ningún caso superior» (senador Atchugarry).
En medio de esa marabunta, yo le aconsejo que revise el análisis que realizó el economista Daniel Olesker y que publicó LA REPUBLICA en la página 11 de la edición del jueves 15 de noviembre último.
Según el mismo, todos los sectores de la sociedad pagarán más Impuesto al Valor Agregado con la reforma propuesta. Aunque el impacto tendrá una incidencia mayor en los sectores de ingresos medios (más 16.79%), seguidos por los de ingresos bajos (más 12.56%), terminando en los de ingresos altos (más 2.61%). Es decir, que la mentada unificación implica un incremento del impuesto, que grava en forma desigual y regresiva a toda la población.
Amén de vaticinar una nueva caída del empleo (salud, transporte, construcción y la actividad general, como consecuencia del inevitable aumento del aporte por Disse de las empresas). *
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