Globalización y consecuencias

LEOPOLDO AMONDARAIN

 

La globalización de la represión con la excusa del terrorismo va tomando cuerpo paulatinamente por el imperio. El tema tratado en la ONU, por los presidentes, demuestra la eminencia del peligro no sólo por el presunto terrorismo allí esgrimido, sino con el verdadero y real que nadie se anima a mencionar. O sea el desborde de los EEUU interviniendo en todo lugar donde las riquezas de los países del tercer mundo les pueda interesar a su economía y poder. Hoy se anuncia, sin ningún pudor y total desenfado, la futura intervención, terminado su tiempo con los talibanes, al Irak de Saddam y a nuestra Colombia hermana.

En buen romance, la patente de corso para lo que sea. Atribuirse el derecho de determinar qué régimen o gobierno es bueno o malo es la prerrogativa del poderoso. No importa el derecho de los pueblos a gobernarse y tener el gobierno que deseen. Y así leemos el anuncio de lo que está programando el próximo gobierno a instalarse en Afganistán. Poco importa lo que los afganos quieran. La propaganda nos dirá en su momento, por ejemplo, que un rey decrépito y títere que vive olvidado en Italia es «amado» por su pueblo que desea la paz y democracia a la americana impuesta por Bush y Cheney. A renglón seguido seguirán con el Irak de Saddam Husein. No porque los iraquíes tengan «bacterias en producción» ni porque sean peligro para el poder yanqui, sino por el verdadero interés del petróleo. Que no se dice pero es la razón subyacente obvia.

Tanto, que en la nómina anunciada por EEUU de futuras intervenciones en aras de la paz mundial, sigue Colombia que da la casualidad también tiene petróleo y es vecina de Venezuela, el tercer productor de oro negro en el mundo. Concluyendo, las distintas intervenciones de EEUU presentes y futuras apuntan todas a los productores de petróleo. Primero los árabes y después los latinoamericanos. Esta situación creada entre otras causas se produce por dos hechos trascendentes. El primero, la desaparición del poder ruso como factor equilibrante del norteamericano.

Quedaron ellos solos, al mejor estilo medieval, dueños de vidas y haciendas. No hay frenos visibles de otra nación ante los desbordes del imperio. Y las que hay, muy lejos de su poderío, Inglatera, España, Italia o Francia, por ejemplo, no pasan de ser vulgares sucursales de la casa matriz dirigidas por el sheriff del mundo, el joven Bush. La otra razón es la globalización que abarca todos los órdenes. Se está yendo a la desaparición o desdibujamiento de los estados nacionales. Cada vez se está teniendo menos derecho a las libertades y sus valores e incluso a las propias riquezas y producciones reales de cada país soberano. Es el caso del petróleo: los yanquis lo necesitan para «soldar» su poderío futuro con todas las regiones colindantes. O sea, el concepto de soberanía como siempre se entendió desaparece ante los «intereses generales del mundo», que en los hechos es el de los yanquis. Hoy es el petróleo, mañana será el gas, el carbón, la carne o lo que sea. Tratan de lograr el dominio absoluto de un neocapitalismo salvaje imperial con sus grandes bloques económicos.

Para afrontar estas realidades es evidente que deberá haber una interrelación y hasta por qué no una asociación equivalente a la programada por Bush y Cheney en sus ámbitos, de los países y movimientos nacionalistas en el mundo. Arabes, latinoamericanos, asiáticos, etcétera, aunque suene utópico, no hay otro remedio que solidarizarse juntando esfuerzos y realidades. La reflotación de la OLP por Chávez y los árabes fue un buen inicio. Lo mismo que el incipiente eje Caracas-La Habana, con su presunta ala colombiana.

La realidad del neoliberalismo salvaje imperial no es otra que apoderarse de las riquezas energéticas y bienes de consumo del mundo. O enfrentamos esas realidades o preferimos cipayamente ser una estrella más de la bandera yanqui. Y esa es la que me desagrada profundamente. *

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