Paradigma del dislate
La Torre de las Comunicaciones, el paradigmático edificio que impulsó durante su último período de gobierno Julio María Sanguinetti, se está convirtiendo en otro símbolo de la mediocridad uruguaya que, de colapsar –como algunos informes técnicos indican– ingresaría en el libro Guinness como la obra pública más cara, más inútil y peor construida de, por lo menos, América Latina.
A un costo que ya supera los cien millones de dólares, se construyó el gigantesco edificio, sin siquiera llamar a concurso entre los arquitectos. Era que en el mundo estaba Carlos Ott, creador del Teatro de la Opera que se levantó en la plaza de la Bastilla, además de otra cantidad de edificios también emblemáticos diseminados a lo largo y ancho del mundo. Se lo llamó y vino, escuchó la propuesta y en forma meteórica entregó los planos realizados por un grupo de «especialistas». No le importó a nadie hacer un concurso. Ott –se dijo– tenía méritos suficientes para proyectar la obra.
Por supuesto, Sanguinetti quería terminar su último mandato con algo monumental que recordara que por dos períodos logró gobernar a los uruguayos. Por supuesto, para la concreción de la obra, recordemos que estamos en un mundo de «especialización» y, por lo tanto, de multiplicidad de contrataciones– había que utilizar los métodos más modernos. Por eso se contrató a una empresa para la estructura, a otra para las instalaciones electrónicas y eléctricas, otra para la colocación de los vidrios y así sucesivamente para levantar este «edificio inteligente» dentro del cual se instalaría la burocracia de Antel.
El camino fue tan sinuoso que hasta desorientó a los directivos del Sunca que, tal como ellos mismos expresaron, muchas veces planteaban reivindicaciones a empresas que nada tenían que ver con las mismas, ni con los obreros afectados.
Un edificio construido «como se hace hoy en el mundo», diría el campeón de esta modernidad, que es el ministro de Transporte y Obras Públicas Lucio Cáceres, se debía entregar «llave en mano».
El resultado, obviamente, es el adecuado a esa dispersión de funciones, a esa falta de coordinación, a las pequeñas y grandes corruptelas que se producen cuando el control no es el necesario. Claro, cuando se trata de obras construidas de esta manera, el que pone el dinero (en este caso Antel) lo único que hace es pagar.
Vigas «subdimensionadas», vidrios que no cumplen con las especificaciones, por lo cual estallan cuando el viento pasa de determinado nivel, salas de máquinas construidas dentro de una napa freática mucho más importante que la calculada.
Cuando la mole está casi terminada surge el escándalo, porque la empresa que hizo la estructura dice que debió redimensionar las especificaciones de Ott y, por lo tanto, se le deben pagar 30 millones de dólares más. Sin embargo otro consultor sostiene que la empresa reclamante también falló en otros detalles, dejando también vigas «subdimensionadas» que de fallar podrían también hacer colapsar al edificio.
LA REPUBLICA ha reiterado la información sobre este gravísimo y oneroso problema en que queda cuestionado todo un sistema de construcción «llave en mano», sin controles, sin límites en el gasto y disparatado, analizando comparativamente para ello la realidad del país. Una verdadera construcción faraónica. Bástenos poner en paralelo a este gasto, un lujo manifiesto, con la situación de los hospitales públicos, de los edificios de la enseñanza.
Lo que es también preocupante –más allá del inicial dislate– es el silencio de las autoridades, de los políticos y del propio presidente Jorge Batlle, que en su momento manifestó su desagrado por la realización de este emprendimiento.
Hoy todos debieran estar pidiendo cuentas a quienes por una razón u otra están involucrados en tamaña equivocación. *
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