La ética del deporte
ANDRES FIGARI
La cuestión del «incentivo» primero y la declaración de la Mutual después, han provocado un sinfín de opiniones, algunas a favor, pero la mayoría en contra, sobre la ética que trasuntaría la conducta de los principales involucrados.
Lo interesante de la polémica, es que más allá de la aceptación o de la condena que estos hechos han desatado y más allá también de los juicios que sus acciones les han merecido a quienes los cometieron, todas esas opiniones comparten un malentendido común, síntoma de una crisis todavía más profunda: que los actores de esos hechos pueden ser juzgados con la ética del deportista.
Condenar (o absolver) a quienes aceptaron u ofrecieron un «incentivo» para ir «para adelante» en un partido de fútbol profesional con el argumento que ese proceder no se adecua con las normas de la conducta deportiva, constituye no solo un absurdo, –teniendo en cuenta a quien se pretende juzgar– sino que pone de manifiesto además hasta qué punto el llamado «deporte profesional» –en este caso el fútbol– ha logrado hacerse aceptar socialmente como una actividad «deportiva» como consecuencia de la confusión moral imperante.
Considerar al fútbol profesional como un «deporte» y a quienes lo practican como «deportistas» sólo es posible bajo estas condiciones: o porque se realiza un juicio superficial en el que sólo se aprecian sus aspectos más «evidentes», o porque el conjunto de valores que acompañaban al deporte en sus orígenes modernos se han perdido, para ser sustituidos por otros que nada tienen que ver con ellos.
La actividad genuinamente deportiva comparte el concepto spinotziano que el premio de la virtud reside en la virtud misma, es decir, que el premio (o la razón de ser) de su actividad no reside en algo exterior a ella misma. Ese es su concepto central y lo que la emparienta con la práctica artística y hasta con la religiosa. Por eso, quienes buscan en el deporte algún beneficio adicional al placer de su ejercicio y lo convierten en un medio para alcanzar otros fines, sustituyen su valor por otro que nada tiene que ver con él y lo prostituyen en su espíritu aún cuando no se lo propongan.
Esto no debe resultar extraño, al fin y al cabo en todas las sociedades hay valores supremos que explican, justifican y orientan las conductas y el resto quedan subordinados. Para los antiguos griegos la fama era algo valioso y por eso era importante la victoria en los juegos olímpicos.
Nosotros, contemporáneos del Gran Mammón, que todo mide y justiprecia según su valor crematístico, es «natural» que veamos al «deporte» como un recurso más para acceder a tan loable fin, sin detenernos a considerar si es posible hacerlo sin destruir lo que le es específico de su naturaleza.
No estoy diciendo que los beneficios físicos o psicológicos que se obtienen mediante el deporte amateur se pierdan al hacerlo en forma profesional (léase como medio de vida). Tampoco que desde otros puntos de vista esté en contra de lo que a falta de mejor expresión se llama «deporte profesional», como tampoco estoy contra el pintor que vende sus cuadros o del que cobra por tocar el clarinete.
Lo que trato de señalar es que cuando la actividad deportiva queda subordinada a otros fines –que en sí mismos pueden ser muy loables– no debiera juzgársela con las mismas reglas o valores que cuando no lo es, so pretexto de inducir a confusión entre la gente. A modo de ejemplo y como forma de ir logrando la indispensable clarificación semántica, el fútbol profesional debiera ser erradicado de las páginas deportivas y ser incluido en la de los espectáculos.
No hay que confundirse, no importa que externamente se mantengan las semejanzas, pero no es lo mismo practicar deporte con el consiguiente esfuerzo físico y mental por el mero placer de hacerlo, que realizarlo con la finalidad de recibir un pago a cambio de dicho esfuerzo.
No ser capaz de distinguir entre una cosa y la otra, es como confundir lo que se hace por amor con lo que se recibe por dinero. *
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