Juan Pablo II en Tierra Santa

La paz con la verdad y la justicia

Si hay lugar en el mundo que conoce los dolores de la guerra, antigua y reciente, es Tierra Santa.

Si hay lugar en el mundo con significación y conflicto religioso, es Tierra Santa.

Si hay lugar en el mundo que junto con los dolores de la guerra ha sabido generar hombres con experiencia política, militar y diplomática es Medio Oriente: Yasser Arafat, representativo jefe de la Autoridad Palestina y Ehud Barak, jefe del gobierno laborista israelí.

La visita del Papa Juan Pablo II ha dado pruebas, una vez más, de la iniciativa y de la capacidad de asombrar al mundo que tiene este incansable caudillo de la Iglesia Católica.

Por esto se podría agregar si hay cuadro dirigente en el campo no sólo pastoral sino de la acción diplomática y política mundial, es el infatigable sacerdote polaco Karol Wojtila.

El enclave, Medio Oriente. El momento, uno que puede albergar en su seno la ansiada paz con reconciliación. O de nuevo los horrores de la guerra.

Los protagonistas, los fogueados dirigentes históricos de las distintas comunidades y el Papa.

En ese cuadro es comprensible que cada acto sea vivido con emoción y con tensiones.

Que cada gesto se convierta en una señal que unos y otros interpretarán según sus puntos de vista.

Así planteada, la visita al Papa y sus pronunciamientos de estos días constituyen una suerte de gran experiencia didáctica, aleccionadora para el resto de la comunidad planetaria.

Un punto de referencia donde están en juego legítimos intereses nacionales de dos pueblos: el judío y el palestino y el acercamiento de los representantes de tres de las grandes religiones actuales de a humanidad: el judaísmo, el cristianismo y el islamismo.

En ese marco de significación y expectativa mundial, los pasos de Juan Pablo II en territorios judíos y palestinos constituyeron un momento de intensa emoción.

En su visita al Memorial de Yad Vashem, un instituto que perpetúa el recuerdo y el estudio sobre el holocausto judío, Juan Pablo II evocó con dolor a sus amigos judíos desaparecidos en la Shoah.

La presencia en Jerusalén, ante el Papa, de algunos judíos sobrevivientes de los campos de exterminio instalados por los nazis en Polonia, dio particular intensidad a la ceremonia que entrañó un nuevo paso de acercamiento entre el Vaticano y el pueblo judío.

El Papa, además, había concurrido el miércoles 22 al campo de refugiados palestinos Dheicheh, cerca de Belén.

La significativa visita adquirió una relevancia mayor con la presencia de Yasser Arafat. Para Juan Pablo II fue la oportunidad de mostrar su solidaridad con los sufrimientos del pueblo palestino denunciando las condiciones inhumanas que se han impuesto en los campamentos de refugiados.

Independientemente del desenlace estrictamente político-diplomático de la visita del Papa a Medio Oriente, es claro que hay un mensaje ético relevante, una decisión moral espesa y consistente que el jefe de la Iglesia Católica vuelve a reiterar: no hay, no puede haber paz sin justicia.

No hay, no puede haber paz sin verdad. La verdad del holocausto y las complicidades que lo hicieron posible. La verdad de los pueblos árabes desplazados de sus tierras por la guerra.

No hay, no puede haber paz sin reconocimiento de las culpas.

No hay, no puede haber paz sin arrepentimiento.

Este sigue siendo el gran mensaje pastoral de Medio Oriente.

El mensaje de los que han estado y están luchando y quieren la paz, con justicia y dignidad.

Un mensaje que se difunde como una guía ética, como el ejemplo de un camino, nada confortable por cierto, de alcanzar la paz entre los hombres.

¡Qué útil, qué provechoso, qué estimulante sería que aquellos que están atrincherados en las posiciones de fuerza de la impunidad, en la obcecada custodia del silencio, en la pretenciosa aspiración del inmovilismo y el olvido, escucharan ese mensaje!

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