Teatro: de lo que no se habla
ERLEY QUINTEROS VASCONCELOS
Un espectáculo teatral ha suscitado mi interés. Obviamente, no como crítico –labor delicada si se la ejerce a conciencia, lo que no es frecuente– sino que, como espectador, me sitúo en el ángulo en que reflexionaba Pichon Rivière, acerca del «proceso creador».
Se afirma que el contexto valida el texto.
Es decir, un texto tiene existencia válida si se refiere al contexto. Tenemos entonces una estrecha relación entre texto y contexto; tienen una mutua referencialidad, siempre son «uno».
A veces nos pasa que leemos un texto y no encontramos mucha conexión pues sentimos que poco nos informa del contexto y nos ocurre que los que más nos conmueven son aquellos textos que nos dan mucha información de un contexto determinado.
El contexto es el momento histórico que transitamos, o que han transitado otros con otros, es decir, conlleva interacción, sociabilidad, contradicciones, antagonismos…
Algunos textos nos remiten a algo vivido, o vivenciado. Es desde esa actitud que se desarrolla el proceso creador.
Sobre eso quiero reflexionar; sobre un hecho doloroso que nos ocurrió y del que no se habla.
Y del que, cuando se habla, muchos concurren para que esas voces se acallen.
Silencio –o caricaturización– para que todos sigamos sin atrevernos a atravesar el umbral del miedo.
La puesta en escena de un texto elaborado a partir de los datos aportados por un testigo ante la Comisión Investigadora de la Cámara de Diputados, nos sitúa en la memoria momentos no tan lejanos y hoy actualizados.
La obra realizada por Margarita Musto nos pone ante un fragmento del contexto en el cual fue perpetrado el asesinato de Zelmar Michelini, en mayo de 1976.
La obra revela las vicisitudes de la enfermera que, sin quererlo, se ve mezclada en el episodio.
El dramatismo que vivió durante algunos años bajo el oscuro manto del control, seguimiento, amenaza y agresión, generando en esta enfermera, que no era –no es– más que una trabajadora, alguien del pueblo, el sentimiento terrorífico del miedo.
De alguna manera la obra expresa la voluntad valiente de la testigo por traspasar el umbral del miedo y aportar lo que sabe al esclarecimiento del crimen cometido, con el convencimiento de que su testimonio fortalece la democracia reinstalada en los ochenta.
Pensar la puesta en escena de este texto, «En honor al mérito», nos remite a pensar en el contexto en el cual vivimos.
Y sobre todo, con relación a los hechos de los años 70, que hoy han abierto caminos en la Justicia.
Es, en realidad, a mi entender, la denuncia puesta sobre tablas, que no tiene desperdicio, que es recomendable ver y volver a recomendar a otros, por el ejemplo que un grupo de actores tiene la valentía creativa para expresar con el ingenio de su arte y profesionalidad, ese grito silenciado de verdad y justicia.
Toda creación es el intento por reparar en lo interno lo fragmentado; de alguna manera en «En honor al mérito», se trata de reparar esa fractura de memoria, agujero negro que se instaló con la Ley de Caducidad en nuestra sociedad y que no permitió que otros, como la enfermera, traspasaran ese umbral misterioso y dramático del miedo.
El aporte de esta obra es para reflexionar serenamente. ¿Cuántas veces nos sentimos paralizados?
¿Cuántas veces hemos dicho «no se puede hacer nada?» ¿Cuántas veces hemos callado o marchado en silencio con un grito ahogado, que nos limita y nos hace arder el pecho?
El recurso creativo es, sin lugar a dudas, un camino más que ayuda para salir de la «ingenuidad» en la cual hemos estado sumergidos.
Es un camino para la salud de nuestra sociedad al asumir el compromiso de su arte con los episodios de la realidad en un momento determinado de la historia política, social y económica.
El intento aquí y ahora, como un espejo que nos pone frente a nuestras culpas, cobardías y nos exige una mirada crítica, o nos critica para saber cuál es nuestro texto en este contexto.
Como dice Fito Páez «es sólo una cuestión de actitud».
«En honor al mérito», nos devela ese contexto que muchas veces no lo entendemos, porque el manejo de la información, devaluada y distorsionada, nos impide un relacionamiento coherente. Se trata de que comprendamos poco lo que ocurre.
Desde el poder nos informan fragmentariamente para desinformarnos y no saber de qué se trata. Pero los actores creo que saben de aquello que decía Bertolt Brecht: «Quién podrá detener a aquellos que saben de qué se trata».
Como decía E. Pichón Riviere «… El objeto es reparado; armado el rompecabezas, el creador proyecta su caos afuera de sí, lo domina y lo reordena.
He aquí el triunfo de la vida sobre la muerte, de la salud sobre la locura» («El proceso creador»). *
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