El revisionismo colorado o la tergiversación de la historia
La actualización ideológica del Partido Colorado nos ha permitido conocer la curiosa interpretación que del pasado reciente –la historia de los últimos cuarenta años– ha elaborado el vicepresidente de la República para suavizar y justificar el autoritarismo pachequista. Como se recordará, el profesor Hierro admitió algún «desborde» del gobierno en el ejercicio de la autoridad, aunque prestamente se ocupó de justificarlo como inevitable en la lucha contra la insurgencia armada. Acotaba Hierro –en aclaración enviada a LA REPUBLICA– que la guerrilla urbana (el MLN, concretamente) había surgido en tiempos de estabilidad democrática y de paz social, como si se tratara de una aparición caprichosa e injustificada producto de quién sabe qué mente satánica. La tesis podría resumirse así: en Uruguay había elecciones libérrimas y, por tanto, gobiernos legítimamente ungidos por la ciudadanía. En ese clima de democracia y libertad irrestricta, irrumpen desde las sombras movimientos armados –de inspiración marxista y entrenados por Fidel Castro– para desestabilizar el país y tomar el poder por la fuerza. El gobierno está obligado a responder con firmeza, y en esa lucha por salvar las instituciones democráticas es inevitable que se cometan desbordes.
Este revisionismo histórico no es más que tergiversación del pasado. Deliberadamente se tuerce la realidad falseando hechos y tiempos para hacer aparecer a las colectividades históricas como los ‘buenos de la película’.
Por ello vale la pena recordar ciertos acontecimientos cronológicamente ordenados para demostrar la falacia en que incurren los historiadores colorados.
Nadie puede negar que el Uruguay empezó a despertar de la siesta liberal hacia fines de los años cincuenta, cuando la crisis terminó con el prestigio del neobatllismo y el Partido Nacional accedió al gobierno. No se olvide la violenta represión policial contra la lucha estudiantil por la ley orgánica universitaria, ni los rumores de golpe de estado para no permitir la asunción del gobierno blanco.
La primera administración nacionalista –de tendencia herrero-ruralista– marcó un giro en la política económica embarcándose en prácticas de neto corte liberal, cuyos efectos sociales no tardaron en hacerse sentir: carestía, desocupación, conflictos sindicales, etcétera. Ello motivó un incremento de la virulencia anticomunista con acusaciones de infiltración marxista en gremios obreros y estudiantiles; se empezó a hablar de la reglamentación sindical, y la derecha de ambos partidos históricos condenaba por ilegal la huelga de los trabajadores estatales; se acentuó la represión policial contra el movimiento popular.
En 1960 empezaron a funcionar grupos de extrema derecha de corte fascista: el Movimiento Estudiantil para la Defensa de la Libertad (MEDL), la Liga Oriental Anticomunista (LOA) y otros menos notorios protagonizaron actos de verdadero patoterismo gangsteril contra organizaciones sociales y grupos de izquierda. Entre sus hazañas, cabe recordar los ‘tatuajes’ (hechos con hojas de afeitar) de cruces gamadas en brazos o muslos de militantes sindicales y estudiantiles, preferentemente judíos. Fueron estos grupos fascistas los que intentaron tomar por asalto la Universidad.
En agosto de 1961, después de la charla que dio Ernesto Guevara –representante del gobierno cubano en la conferencia del CIES de Punta del Este– en el Paraninfo de la Universidad, un atentado a balazos que tal vez iba dirigido al gobernante cubano segó la vida de Arbelio Ramírez, un pacífico profesor.
Como podrá advertirse, estos hechos de violencia preceden en más de dos años la primera acción notoria de los Tupamaros: el robo de armas del Club de Tiro Suizo, en 1963.
Independientemente del análisis en profundidad que el tema merece, y que dejamos a los historiadores, consideramos un deber esta rectificación a las afirmaciones falaciosas del oficialismo. *
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