¿Neoliberales o estatistas?
El mundo no ha terminado de absorber conceptualmente el enorme conjunto de consecuencias que han deparado los atentados del 11 de setiembre.
LA REPUBLICA se ha referido en distintas secciones, incluyendo estas páginas, a algunos aspectos urticantes de la actualidad como lo son las amenazas a las libertades civiles, los intentos de controlar más férreamente lo que se difunde a través de los medios de comunicación y el crecimiento del clima de ultranacionalismo intolerante en las grandes potencias, especialmente en los Estados Unidos.
Otra consecuencia y no de las menos importantes– ha venido siendo el viraje que, en materia de políticas económicas, se lleva adelante en los países más desarrollados y en las políticas aplicadas por el gobierno de George Bush.
Hace unos días, el economista español Joaquín Estefanía publicó una nota de opinión en el madrileño El País bajo el título «El uso del dinero público para salir de la crisis».
Estefanía sigue los pasos de un proceso ejemplar en materia de «satanización» del Estado y de privatización ruinosa de un servicio público.
El episodio, tan ilustrativo, tuvo lugar en Inglaterra, país tan predispuesto en los tiempos de la señora Thatcher, no sólo a privatizar sino también a hacer de la privatización un evangelio con el que salir urbi et orbi a conquistar el mundo.
Nos referimos a la privatización realizada en 1996 de la infraestructura ferroviaria (estaciones, vías de tren, y señales), Railtrack.
Desde 1996 la empresa ha ido degradando la calidad del servicio ferroviario de manera sistemática al tiempo que acumuló una gigantesca deuda y un espectacular deterioro de las instalaciones.
Con más de 10 mil trabajadores la empresa Railtrack ha cosechado una pésima reputación en la opinión pública.
Es entonces cuando, según reseña con elocuencia Estefanía, el gobierno laborista de Blair decide intervenir y hacerse cargo de la misma. Se trata, dice el analista, de un caso de nacionalización de las pérdidas, experiencia conocida en buena parte de los países donde las fórmulas de catecismo neoliberal se aplicaron con más ortodoxia e inflexibilidad.
¿Por qué se revisan ahora los dogmas neoliberales?
¿Por qué se acude con dineros públicos al rescate de empresas de servicios, como son las compañías aéreas o el Railtrack, o de las mismas economías nacionales, cuando en las economías anteriores se había prohibido utilizar el presupuesto y el déficit en estos menesteres?, se pregunta el analista.
La recesión global, concluye, unida a la incertidumbre generada por los atentados en Nueva York y Washington y al conflicto bélico posterior, ha puesto fecha de caducidad a los análisis económicos hegemónicos neoliberales. El Estado aparece como el máximo reparador de los desórdenes. El sector público toma protagonismo en la reasignación de los recursos a través del aumento de los gastos de defensa y de seguridad, y de las ayudas a las empresas en crisis. ¿Hay un cambio en la doctrina?, se pregunta Estefanía. No. No es que sean keynesianos, sino sólo partidarios de la libertad económica cuando las cosas van bien para ellos, y demandan muletas públicas cuando van mal.
Una enorme cantidad de informaciones acerca de toda clase de medidas de protección, de incentivos y subsidios aplicados en los países capitalistas más desarrollados, empezando por los Estados Unidos, confirman las hipótesis reseñadas por el economista español.
La constatación a la que se arriba no es nueva. La apertura irrestricta, la privatización extrema, la desaparición del Estado de la economía, como tantas otras, forman parte del paquete de directivas que los países desarrollados imponen a otros y ellos no aplican.
Las fórmulas neoliberales aplicadas en países como Uruguay son un certificado seguro para aumentar la inestabilidad, el empobrecimiento y la recesión. *
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