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El diputado forista, algo erizado, dijo su frase fundamental –dedicada a una posteridad decadente– a propósito de las declaraciones de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Dijo, en una primera oportunidad, que tomaba las consideraciones de la señora Robinson como expresiones puramente personales. Y, en posterior declaración, expresó que no creía que las palabras de la señora Robinson «puedan expresar la opinión del secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, Koffi Annan, ni de la propia organización».

El diputado Scavarelli sabe que eso no es cierto: lo sabe de todo saber. La postura del mundo internacional del derecho, desde el vamos, es clara: nuestro país, Uruguay, no está en la lista –por lo demás muy escasa– de aquellos libres de graves culpas y responsabilidades que deben asumirse con verdad. Si alguna culpa tiene Occidente, que la tiene, es una enorme deuda a cubrir en materia de Derechos Humanos violentados.

El diputado Scavarelli apela a la impunidad de los dichos vanos, de las palabras vanas; aquellas que no llegan –ni pueden llegar– a las conciencias, recubiertas por otras palabras vanas y también intencionadas –mal intencionadas– que las tapan.

Es triste y mala cosa que un representante nacional, de un país joven, no comprometido en la inmunda maraña de intereses pervertidos de la seccional dominante del mundo, aumente el grado de contaminación neblinosa que crea impunidad en perjuicio de la justicia, única vía para la paz. *

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