Las elecciones universitarias
Analizar el tema de las elecciones universitarias es difícil y lleno de complejidades. Una labor que, desde un comienzo, deja planteados algunos temas que están mostrando una especie de decaimiento ideológico de quienes aspiran a conducir nuestra principal casa de estudios.
Claro, las elecciones por sí mismas son una insustituible forma democrática de funcionamiento que aparece como fundamental. Lo que nos preocupa en esta ocasión, más allá de la proliferación de listas, es la carencia de programas, de visiones sobre el quehacer universitario, de la explicitación de políticas concretas para plantarse ante el poder político y hacer valer la institución, siempre marginada, en lo presupuestal.
Los caminos para lograr avances en la investigación científica, actividad que no sólo tiene que ver con el desarrollo del país, sino con la formación docente y con la transmisión de conocimientos a las nuevas generaciones, no estuvieron presentes explícitamente en casi ninguna de las propuestas electorales.
Hay Facultades con un par de cientos de docentes en su plantilla que, para estas elecciones, se dividieron en varias listas, la mayoría de ellas confeccionadas de acuerdo a los criterios personales de cómo llegar a los organismos de conducción universitaria y no por proponer caminos diferentes para superar la crisis.
No queremos ser demasiado duros en los términos, pero es evidente que se está verificando un claro «vaciamiento» de ideas y de propuestas políticas tanto presentes como futuras.
Por ello –más allá de otras consideraciones que haremos en el futuro– se evidencia que la Universidad de la República, que ha sido víctima durante décadas del «ninguneo» presupuestal y que esa continuada acción ha servido, a ojos vista, para sumergirse en un peligroso estancamiento que es hoy el lugar común de la mayoría de las Facultades.
Los niveles de investigación científica son los menores del continente, porque además, muy pocos países en el mundo tienen una inversión tan pequeña en ese rubro. Tras esa situación, seguramente –y esa es la visión de un buen grupo de docentes e investigadores– se está viviendo un proceso de profunda y frustrante desmotivación que se explica también por las bajas remuneraciones, por los problemas funcionales y por la superpoblación de estudiantes.
Estas elecciones universitarias, en términos generales, fueron la expresión –como también en alguna medida pasa a nivel del país– de un desánimo colectivo, especialmente cuando el grupo central de profesionales que le dan vida (los docentes), sigue viviendo la inaudita violencia de esos sueldos fuera de contexto que determinan que la mayoría busquen en el multiempleo una solución para sus penurias.
Por ello suena como un idealismo bastante fuera de lugar seguir sosteniendo que en el Uruguay se puede avanzar hacia los cuatro puntos cardinales del progreso, apuntalados en un grupo de personas con profundo conocimiento científico que están sólidamente capacitadas para resolver los problemas.
Ello es muy relativo, pues no es posible que nadie pueda concentrarse en buscar soluciones a complejos problemas científicos, especialmente en los temas más avanzados, cuando no gana para vivir.
La crisis universitaria es preocupante, pues la misma está indisolublemente vinculada a la que vive el país. El progreso es un elemento que se mide por el avance de la investigación científica.
Y ese, lamentablemente, no es el caso del Uruguay.
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