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Dijo el alto dirigente del Partido Nacional –líder del Herrerismo– que la intervención de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Mary Robinson, significaba «ignorancia» e «imprudencia». Lo uno, «porque no sabe que las leyes, si bien pueden ser revisadas, cuando tienen una ratificación plebiscitaria tienen estatus político; no se pueden hacer retroactivas». Lo otro, «porque es un funcionario internacional que nada tiene que hacer acá…»

Dos argumentos inaceptables; la justicia es más que toda instancia plebiscitaria, y la función de una representante de las Naciones Unidas rebasa, por definición, las fronteras nacionales. Porque así lo han querido las naciones soberanas que, en razón de la justicia universal, han llegado a acuerdos y suscrito tratados.

No hay Estado sin justicia; no hay democracia sin ella. Y la esencia del orden mundial que hemos perseguido los humanos –y hemos acercado en convenios y tratados aún imperfectos o insuficientes– es aquella virtud cívica: «el fundamento en el que se basa toda justa ordenación sobre la Tierra » (J. Pieper).

O, dicho a la inversa por Kant: «La más grande y repetida forma de miseria a que están expuestos los seres humanos consiste en la injusticia, más bien que en la desgracia».

Reprobado el doctor Lacalle: la chicana ya no corre en la parroquia, ‘cuanti meno’ en las Naciones Unidas, catedral de todos.

Doble reprobación por su falta de cortesía: «Que venga un gringo de estos a enseñarles a los orientales cómo se arreglan las cosas con urnas, no corresponde», no es frase de uso que se corresponda con una civilidad controlada. *

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