La crisis argentina: rotundo fracaso de las recetas neoliberales

El de Argentina debe de ser uno de los pocos ejemplos mundiales de obediencia ciega y aplicación a rajatabla de las recetas emanadas de los centros de poder económico que rigen los destinos de la humanidad. Como pocos, el gobierno de Carlos Menem –un político proveniente del ala izquierda del justicialismo– adhirió con fervor digno de mejor causa a la ideología neoliberal y cumplió al pie de la letra los dictados del globalizado pensamiento único. Terminó con la inflación, redujo el Estado, privatizó empresas públicas y llevó a su país a exhibir indicadores macroeconómicos que merecieron las mejores calificaciones del FMI y ameritaron que se lo considerara un modelo paradigmático que todos debían emular para dar el salto cualitativo que habría de sacarnos del subdesarrollo y encaminarnos por la senda del crecimiento.

En qué desembocó toda esa euforia desreguladora, todos lo saben: Argentina –uno de los países más ricos del mundo, con recursos suficientes como para que toda su población tenga acceso al bienestar– sufre una crisis nunca antes vista, con casi cuatro años de recesión. En tal sentido, cabe destacar las cifras aportadas por Claudio Lozano, dirigente de la Central de Trabajadores de Argentina, durante su exposición en el seminario organizado por el PIT-CNT. Denunció que la desocupación está arañando el 20 % de la PEA, una cifra escalofriante y sin precedentes. Y agregó que durante el último cuarto de siglo la población del país pasó de 22 millones a 37 millones de habitantes (un incremento del orden del 68 %) mientras que los argentinos que viven por debajo de la línea de pobreza pasaron de 2 millones a 14 millones (un aumento de 600 por ciento).

Claro, se puede argüir –con el razonamiento amoral de los impulsores del neoliberalismo– que se trata de «costos sociales» inevitables en todo despegue, y que a mediano o largo plazo, el sabio mercado que todo lo regula se ocupará de hacer llegar los beneficios del crecimiento a toda la población.

Sin embargo, las noticias provenientes de todo el mundo (el desarrollado y el subdesarrollado) dicen lo contrario: la brecha que separa a ricos y pobres se profundiza, y a pesar del crecimiento del producto, son cada vez menos quienes se benefician de ese crecimiento económico. Parece claro que la justicia distributiva escapa por completo a las reglas naturales del mercado, y que sin una intervención estatal –no para planificar la economía sino para establecer un sistema tributario justo– es vano esperar que los frutos de la reactivación lleguen a todos los sectores de la población.

Ahora bien, junto con ese diagnóstico descarnado brindado con claridad por el dirigente sindical, las noticias provenientes de la vecina orilla sobre la macroeconomía son cada vez más alarmantes: el país se halla al borde de la cesación de pagos.

Es decir que no se trata solamente del incremento exponencial de la desocupación, de la marginación y de la miseria. Ahora ni siquiera los números cierran de modo conveniente, con el consiguiente desbarajuste del riesgo país y la amenaza de no recibir más créditos de los organismos financieros internacionales.

Que el sufrimiento del pueblo argentino tenga, al menos, la virtud de desnudar de una vez por todas las falacias del neoliberalismo y de echar por tierra las certezas del pensamiento único. *

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