La exasperación de los guardianes de la impunidad
La reacción de un buen lote de representantes del oficialismo ante las expresiones de la doctora Mary Robinson, con toda justeza calificadas como un «linchamiento», volvió a evidenciar un rasgo penoso del estilo político que prevalece en los partidos tradicionales.
Se trata de conductas desprovistas de cualquier tipo de gallardía o de mera delicadeza ante problemas complejos. Prevalece la actitud de sumisión a las situaciones de hecho, amparo a la impunidad, docilidad ante el poder que conservan los que –acusados de crímenes graves– disfrutan del olvido y del anonimato.
El coro autoconvocado solícitamente que se constituyó para condenar e insultar groseramente a la representante del Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados dio nuevas evidencias de un espíritu de patota que descalifica, no sólo a quienes incurren en el exabrupto, sino a la propia institucionalidad política.
Resulta penoso oír los términos chabacanos e impostados en que se expresa un ex primer mandatario del país. ¿Diría lo mismo ante un auditorio de funcionarios diplomáticos internacionales?
Dirigentes y funcionarios habituados a soportar estoicamente las órdenes sobre política económica de los representantes de los organismos internacionales parecen atacados por los picores de un sarampión patriótico de muy baja tasa de credibilidad.
Por lo demás, cualquiera que conozca mínimamente la enorme importancia que tiene el Acnur, su papel decisivo en cuestiones tan delicadas como el destino de los refugiados, procedería con más modestia y respeto ante las opiniones de la autoridad que la dirige y representa.
Por lo demás, la doctora Mary Robinson tiene una trayectoria personal, académica, política e institucional absolutamente notable: es una figura de primer nivel europeo en el campo del derecho y de la acción política.
Su militancia como mujer, como abogada, como dirigente laborista y como Presidenta de la República de Irlanda es inusualmente rica en reconocimientos y distinciones. Eso sí, ha tenido y tiene un pensamiento progresista y no reaccionario.
Mary Robinson es una luchadora contra la subordinación –legal y de hecho– de la mujer en las sociedades contemporáneas y es una luchadora tenaz contra el racismo y la discriminación en todas sus formas.
Su nombre, como abogada, como activista política o como funcionaria de las Naciones Unidas, aparece permanentemente vinculado a todas las causas humanitarias que batallan hoy en este mundo mortificado por la guerra, la intolerancia política y religiosa, las desigualdades económicas, las epidemias y la devastación ecológica.
Es absolutamente pertinente, y era de esperar que desde su magistratura, la doctora Robinson insistiera con los fundamentos doctrinarios que tanto Naciones Unidas como la Organización de Estados Americanos sustentan en materia de Derechos Humanos.
El desafinado coro que rechazó burdamente sus opiniones parece desconocer la existencia de tratados, que el Uruguay a través de su Parlamento ha ratificado, que establecen normas y obligaciones a los Estados que los suscriben.
Normas que establecen, como bien lo recordaba el doctor Cassinelli en sus declaraciones de ayer a LA REPUBLICA, «la imposibilidad de que una ley dictada por un Estado nacional no puede renunciar a la pretensión punitiva de la comunidad internacional».
¿O acaso los «expertos» legistas que se alzaron contra las opiniones de la doctora Robinson están dispuestos a defender el criterio de la renuncia a la pretensión punitiva de la comunidad internacional en otro foro que no sea de entrecasa?
¿Cómo se hace compatible tanta ajenidad ante los compromisos internacionales con el derecho humanitario y el apoyo automático e irrestricto a la política de represalias que viene aplicando el gobierno de los Estados Unidos? *
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