Coalición ¿es necesaria?

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Desde que se estableció como realidad política, el fin del bipartidismo en las elecciones nacionales, se comenzó a pergeñar la idea de los «gobiernos de coalición» entre la dirigencia de los partidos tradicionales.

Nos empezaron a argumentar, los doctores de siempre, sus bonanzas y conveniencias según ellos de «colectividades que entendían eran afines». Se olvidaron de la historia, de sus 170 años de odios, persecuciones, muertes y traiciones de colorados a blancos, de defensa de la Patria por unos y el entreguismo de los otros, del origen caudillesco y popular en cada actitud, gesto o entrega que hicieran héroes como Oribe, Leandro Gómez o Saravia entre otros, para identificarse ahora con los enemigos de siempre. Claro, estaban en juego intereses comunes: económicos, políticos, sociales, etc. Entraron a presionar los imperios, los grupos económicos, las multinacionales, los grandes intereses vinculados a la publicidad y «prensa grande» a quienes les sobra influencias, poder y dinero para comprar conciencias y hacer olvidar tradiciones «incómodas». Había que cerrar filas. Cualquiera no puede «torcer» sus destinos de poder. Fue entonces que nacieron las diferentes tesis resumidas muchas veces en frases grandilocuentes, huecas y malintencionadas como «la unidad de las familias ideológicas», «alambrar los campos, de un lado los buenos, nosotros que queremos la Patria y del otro lado los ciudadanos de tercera clase que odian al país…», etc.

Todo ese entorno llevó naturalmente al convencimiento de la coalición inevitable. Y aquí, detengámonos a razonar.

La coalición según parece tiene como resultado insoslayable, el reparto de cargos particularmente de ministerios. En buen romance, no se dice pero se entiende por sentido común, que si no me dan ministerios, no voto. ¡Al diablo la familia ideológica y desde ya empiezo a desalambrar los campos! (No en el mismo sentido de la vieja canción de Viglietti…). O sea, todo está supeditado al «carguete»…

Cuando se corrió eufóricos y desmelenados por la plaza Independencia gritando ¡viva Batlle y por fin juntos!, fue porque sentían «salvados» sus intereses, prebendas y futuras canonjías. No había interés partidario. De lo menos que se acordaron en ese momento era de las gestas saravistas, del martirologio de Leandro Gómez o de los principios oribistas. ¡Podrían ser ministros de vuelta…!

Un legislador consciente, responsable y honrado, no necesita de coaliciones con el correlativo «contrato» de puestos para votar leyes y normativas útiles para el país. Las debe votar sin poner precio. Y si le parece que esas leyes no son las adecuadas para el desarrollo de la patria, también debe oponerse, malgré los «acuerdetes» vergonzosos de cargos y ministerios. Si a Artigas, a quien en estos días lo empiezan a citar por los ciento cincuenta años de su muerte, se le ocurriese levantarse de la tumba, los corre a sablazo limpio por todo el territorio nacional.

Están mencionando a quien precisamente reprobaba ese tipo de conductas inmorales.

En buen romance, las coaliciones no son indispensables si hubiera criterios patrióticos y objetivos responsables. No se puede, en aras de la defensa de intereses espurios, radiar a casi la mitad del electorado por miedo a que si ganan «me puedo quedar afuera». También es obvio que los principios no existen.

La gente no es tonta ni negada intelectualmente. No se ha dado cuenta esta dirigencia que aparte de estar matando al partido, ellos mismos marchan en «dulce cortejo» hacia la necrópolis política. Se están muriendo y se entierran más.

El partido no se rescata con ministerios ni coaliciones. Mucho menos siendo socios mimetizados con los colorados.

Se salva con banderas que nos identifiquen y nos separen radicalmente de ellos. Como lo hizo Herrera con su política antiimperialista, su defensa de la soberanía de las patrias chicas y las no intervenciones. Como lo hizo Wilson con «Nuestro compromiso con usted» y su reforma agraria, etc.

Como lo hizo Saravia que supo morir por el voto secreto, la moral administrativa y la representación proporcional de las minorías.

Estos ministerios blancos, que dejaron de serlo para pasar a ser colorados y de Batlle, no sólo no agregan nada sino que quitan veracidad y nos identifican con el batllismo. Los grupos económicos de derecha que están de acuerdo con la situación votan a los «dueños del circo» que son los colorados que les garantizan sus privilegios, no son importantes aunque los ponderen los partiquinos que es la función que tiene hoy por hoy el partido. Y los que se oponen, que son la mayoría, terminan votando al Frente que son los únicos discrepantes.

En buen romance, por esa dichosa coalición interesada, quedamos ensandwichados en una medianía intranscendente.

El Partido Nacional debe levantarse en una fuerza opositora seria y recia que borre toda esta etapa miserable que enluta su mejor historia. No es posible que a Batlle le alcance «visitar» algún medio publicitario otrora blanco, retratándose en rueda con «amansados» capitostes que se dicen nacionalistas, para tener al partido poco menos que de rodillas.

Las figuras nuevas que surgen del interior con el apoyo de los caudillos que son el cerno que va quedando de dignidad en la colectividad, no deben mezclarse con ese cortejo «fúnebre» de dirigentes y doctores mediocres y sin ideas que luchan sólo por influencias y posiciones económicas olvidando al partido que era su primera obligación. El fin de todos ellos es cercano y prácticamente un hecho.

Felizmente.

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